viernes, 23 de noviembre de 2012

DURRUTI en Chile - ASALTO A BANCO DE CHILE 1925




Durruti y compañía,  Primer asalto a un banco en Chile

EL GRAN GOLPE TRAS AÑOS DE EXILIO EN SUDAMÉRICA

Buenaventura Durruti, anarquista español, llegó a Chile en 1925. Mientras el país se encontraba en plena crisis política, Durruti organizó un grupo de cinco hombres y cometió el  primer robo a un Banco en nuestro país. Esa fue una más de las  anécdotas del hombre que se haría famoso en la guerra Civil Española,  al comandar la legendaria "columna de Durruti". Y se convirtió, de  paso, en un hito de la historia criminal chilena.

Jueves 16 de julio de un soleado día de 1925. Enrique Barscoj  esperaba pasajeros para su vehículo de alquiler, un reluciente Hudson con placa patente 2525, en el paradero de la Plaza de Armas cuando un individuo alto, grueso y de bigotes abundantes le solicitó sus servicios. La orden era dirigirse a calle San Diego y, desde allí, hasta la sucursal Matadero del Banco de Chile. Era el día de la santa patrona nacional: la Virgen del Carmen. El pasajero era absolutamente  distinto a quienes trasladaba a diario: tenía un marcado acento español y actuaba con tranquilidad. Al llegar frente a la sucursal bancaria, se subieron al vehículo otros cuatro ocupantes, uno de  ellos usaba bufanda granate y una gorra negra. Al cruzar la calle en  dirección al banco, el español se colocó un antifaz negro de cuero y los demás desenfundaron armas cortas desde sus bolsillos. Se acercaba el momento. Esto ya lo habían hecho varias veces en distintas partes del mundo y no parecía ser diferente. Los cinco hombres presentaron  sus pistolas. Estaban a punto de perpetrar el primer asalto a un  banco en la historia de Chile.

LOS HOMBRES DE DURRUTI

En la sede de la IWW (Industrial Workers in the World), en pleno  centro de Santiago, los dirigentes anarquistas Félix López y Pedro
Nolasco Arratía, este último, trabajador gráfico y fundador de la Federación de obreros de imprenta, estaban viviendo su propia película de vaqueros. Las noches anteriores habían departido con unos  compañeros españoles que llegaron a Chile huyendo de la persecución  que ellos, aguerridos anarquistas, sufrieron en Europa. López y Nolasco tuvieron mayor contacto con dos de ellos: Buenaventura Durruti, que exudaba coraje y carisma, y Francisco Ascaso, más bien serio y retraído. El resto del contingente estaba compuesto por el  hermano de Ascaso, Alejandro; Gregorio Jover y Antonio Rodríguez, El  Toto. Todos pertenecían al grupo Los Solidarios, destacamento que  había emprendido un sinnúmero de acciones armadas y ajusticiamientos  en la península ibérica. Esa fama tenía omnibulados a sus pares  chilenos, quienes conocían, por ejemplo, el famoso y sanguinario  asalto al Banco de Gijón, en 1923, y por el que habían conseguido automático exilio en Francia y Bélgica. López y Nolasco sabían que el  paso por Chile era una escala no prevista por los 5 anarquistas, pero  a la que le sacarían el mayor provecho posible.  Ascaso y Durruti  tenían una férrea doctrina de silencio y trataban de hablarse a  través de señas, por lo que transmitieron escasamente sus planes a  los 'compañeros' chilenos. Se podía decir que su relación era de  saludos y despedidas. Durruti les había prometido que si los ayudaban  con la logística, les confiarían parte del botín para su  organización. Una cosa estaba clara, en el atraco actuarían sólo  ellos. Y así lo hicieron.

Días antes, en la tarde del domingo 12, habían intentado asaltar a  los empleados del Club Hípico que llevaban el dinero de las apuestas  hacia la administración, ubicada en calle 21 de Mayo. Pero las cosas  no salieron como lo habían planificado, ya que los empleados se defendieron a balazos y el robo de los hombres de Durruti fue abortado con rapidez. "Últimamente la capital se ha visto invadida por un grupo de gentes de pésimos antecedentes que viene huyendo de las policías extranjeras. Descubrimiento hecho hace poco días de una  banda de tenebrosos extranjeros ha venido a confirmar plenamente esa  suposición", señalaba con asombro el diario Los Tiempos, el día lunes  13 de julio.  Tres días más tarde, sin embargo, no habría errores ni  malas casualidades. Los cinco forasteros habían decidido que el banco  estaría en la periferia de la ciudad y el más adecuado el Banco de  Chile que prestaba servicios en el bullente sector del matadero. El robo, entonces, sería allí.

EL HOMBRE DEL ANTIFAZ

Después de dejar el Hudson azul con placa patente 2525, los hombres  ingresaron con rapidez al banco. Dentro del edificio la actividad era  tranquila. Lo único que llamaba la atención era la presencia de  Urbano Villaseca, un arriero que se encontraba recolectando dinero en  favor de los calicheros del norte salitrero. Había cuatro  funcionarios en actividad y tres en horario de colación cuando irrumpieron los asaltantes. Los hechos se sucedieron rápido: Carlos  Thompson, cajero del lugar, contaba y empaquetaba monedas cuando el tipo de bigotes, quien según testigos tenía "aspecto de abastero",  saltó por sobre el mostrador e intentó apoderarse de la caja. En un primer instante Thompson creyó que se trataba de una broma de pésimo  gusto, pero entendió que todo era muy serio cuando el hombre del  antifaz, apostado a un costado de las cajas y con una Colt de 38 mm  en cada mano, lo apuntó directo en las sienes y gritó:

-Señores, ¡arriba las manos!

Luego de este hecho, los demás bandidos saltaron por sobre las rejas  de bronce que resguardaban al cajero, y fueron en busca de los
billetes. Thompson, hombre fuerte y bien alimentado, cayó al suelo y  desde aquel innoble lugar dio la alarma. La acción del cajero impidió  que los malhechores intentaran hacerse de la bóveda mayor y tuvieron  que contentarse con el dinero de la caja. Luego sobrevino la fuga y  su consiguiente persecución: los asaltantes corrieron hasta el  vehículo de alquiler que habían abordado en el centro. En el trayecto  dispararon varias veces al cielo para sembrar el pánico entre la  muchedumbre que circulaba por San Diego, y lo consiguieron con efectividad. Detrás de ellos venían tres funcionarios del banco. El  segundo cajero, Domingo Pérez, intentó seguir el auto, pero recibió  un balazo en la mano izquierda que lo detuvo en su intento. Alfredo  Muñoz y Manuel Moya fueron más lejos y, aprovechando un momento de confusión ocasionado por el asombro del chofer, se aferraron de la parte posterior del vehículo en movimiento. Allí se inició una intensa balacera por parte de la banda, quienes, asomándose por la ventanilla trasera dispararon sus armas. Primero dieron con Muñoz, quien recibió dos balazos, uno que se alojó en el cráneo y otro que impactó en su rodilla derecha. Moya, en cambio, sólo recibió una contusión leve al caer mientras el Hudson de color azul intentaba la fuga.  En San Diego esquina Concepción el auto ya corría solo y sin dificultades. Mientras tanto el auxiliar del Banco, Benjamín Valdés, detuvo un auto de alquiler que se hallaba en las cercanías y, junto al policía (Dragoneante en esa época), Miguel Mella, fueron tras los asaltantes. Claro que sólo alcanzaron a seguirlos unos cuantos metros, pues el chofer del carro se negó a seguir la persecución a causa de la lluvia de balas que provenía del auto de los asaltantes. En San Diego, entre Victoria y Pedro Lagos, les perdieron pisada definitivamente. Algunos testigos dijeron que el auto dobló por Matta al oriente, aunque otros aseguraron que tomó la dirección contraria hacia el Parque Ercilla.  El monto total del asalto bordeó los 50 mil pesos de la época. Con respecto a la banda, la policía sólo llegó a dos conclusiones. Una: tenían "voces extrañas que les daban el aspecto de argentinos o de españoles", como hizo mención La Nación del viernes 17 de Julio. Y dos: en el suelo del local se encontró el antifaz del jefe de la banda.

En la prensa se habló del nacimiento de una nueva etapa en la criminología del país. El Mercurio editorializó de la siguiente manera: "Está demostrando que Santiago no tiene hoy solo el peligro de los bandidos que obran a la antigua, sino también de los que siguen los nuevos sistemas terroríficos capaces de atemorizar a los hombres de más ánimo". Los diarios llamaron a los asaltantes "Apaches", en alusión al nombre con que los periodistas franceses caracterizaban a los hampones de París, y que había sido tomado de un famoso tango del uruguayo Manuel Gregorio Arostegui, "El Apache Argentino". Santiago de Chile, poniéndose al día con el resto del mundo, había conocido a sus primeros "Apaches". Nadie sabía que se trataba de Buenaventura Durruti, el anarquista más famoso de Europa.

SIEMPRE SEREMOS PRÓFUGOS

Después del asalto y aprovechando el alboroto que causaron, el quinteto de asaltantes intentó dar el golpe maestro. El día sábado 18 asaltaron en la calle Seminario a un cajero de ferrocarriles con el fin de adueñarse de las llaves de caudales del terminal Alameda. Por
desgracia para ellos, el cajero no llevaba las llaves consigo, lo que frustró el asalto. La prensa estaba conmocionada, hablaba de peligrosos asaltantes argentinos fugados recientemente de la cárcel de La Plata, y que se habían coludido con hampones locales. Las
pulsaciones de la ciudad marcaban un ritmo frenético, y cercano al pánico. Para aparentar agilidad y pericia, la justicia sometió a proceso a Enrique Barscoj, el chofer que los condujo hasta el banco y luego huyó con ellos bajo amenaza, pero que tuvieron la deferencia de cancelarle la carrera. El juez instructor de la causa, Fernando Soro Barriga, solicitó a la prensa que no siguiera endiosando a los hampones y que dejaran de lado la tesis que hablaba de forajidos extranjeros.  Durante todo ese tiempo los cinco se hospedaron en un hotel de poca monta en las cercanías de Avenida Matta. La dependienta recordó años después a un grupo de "gente muy educada" y que hablaba todo el tiempo sobre temas sociales.  A principios de agosto, y con toda calma, Durruti, Ascaso, Jover y los demás hombres abandonaban el país. Primero se trasladaron a Los Andes y desde allí tomaron el Tren Trasandino como pasajeros comunes y corrientes con destino a Argentina.

DE LOS PIRINEOS A LOS ANDES

En Argentina trataron de trabajar. Durruti intentó ser un estibador, Ascaso quiso ser cocinero y Jover, un carpintero. Pero aquello les duró poco. El 18 de enero de 1926 asaltaron el Banco San Martín. No dieron con ellos y se creyeron a salvo. Pronto, sin embargo, se dieron cuenta que se cerraba el cerco; había fotografías suyas en las estaciones de ferrocarril, en trenes y tranvías. Era tiempo de escapar. Cruzaron a Montevideo. Ahí elaboraron una estrategia que dejaba en claro que no se trataba de simples niños jugando a los bandidos: compraron boletos de primera clase en el buque que los trasladaría a Cherburgo, pero terminaron en las Islas Canarias.
Acababa así su travesía por América Latina.  La posterior vida de Durruti y sus compañeros se convirtió en vértigo: En 1926, en París, ideó un doble atentado contra el Rey y Primo de Rivera, el que fracasó y provocó un nuevo exilio hasta 1931. En 1932 fue desplazado
al Sahara español. En 1933 y 1934 cayó sucesivamente preso después tres intentos insurreccionales sin éxito. En febrero de 1936 el
izquierdista Frente Popular ganó las elecciones españolas, con el apoyo a regañadientes de los anarquistas. El 18 de julio de ese mismo
año, Francisco Franco dio un golpe militar y detonó la Guerra Civil Española. Seis días después Durruti armó una milicia con más de 2.500 hombres para luchar contra los franquistas. Se bautizó como la "Columna Durruti". En noviembre de ese año su columna se dirigió a Madrid para defender la ciudad de Franco. El 20 de ese mes, sin embargo, encontró la muerte, contando con 40 años de edad. En ese momento Buenaventura Durruti dejó de ser historia y se convirtió en mito. Su cuerpo fue trasladado a Barcelona donde se hicieron los funerales ante cerca de medio millón de personas.  Era el mismo hombre que 11 años antes, con un antifaz de cuero negro, había ocupado las portadas de los diarios con un robo histórico, el del Banco de Chile, sucursal Matadero.
La Nación Por Vadim Vidal

jueves, 22 de noviembre de 2012

Conquista del Pan (1892) : PRÓLOGO POR ELISÉE RECLUS



Conquista del pan
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN FRANCESA POR ELISÉE RECLUS

Piotr Kropotkin me ha pedido que escriba algunas palabras encabezando su obra y yo, experimentando una cierta molestia en hacerlo, me rindo a su deseo. No pudiendo agregar nada al conjunto de argumentos que él aporta en su obra, corro el riesgo de debilitar la fuerza de sus palabras. Pero la amistad me excusa. Mientras que para los “republicanos” franceses el supremo buen gusto consiste en prosternarse a los pies del zar, a mí me gusta relacionarme con los hombres libres, hombres libres que éste mandaría azotar, encerrar en las mazmorras de una ciudadela o ahorcar en un oscuro patio. Con estos amigos, olvido por un instante la abyección de los renegados que en su juventud se enronquecían gitando: ¡Libertad, Libertad! y que en la actualidad se dedican a emparejar los aires de la Marsellesa y el del Boje Tsara Khrani1.
La última obra de Kropotkin, Palabras de un rebelde, estuvo dedicada sobre todo a realizar una crítica ardiente de la sociedad burguesa, feroz y corrupta a la vez, haciendo un llamado a las energías revolucionarias contra el Estado y el régimen capitalista.
La obra actual, que sigue a Palabras, es de andar más tranquilo. Se dirige a los hombres de buena voluntad que honestamente desean colaborar con la transformación social, y expone a grandes rasgos las fases de la historia inminente que nos permitirán finalmente constituir la familia humana sobre
las ruinas de los bancos y de los Estados.
El título del libro: La conquista del pan, está tomado en el sentido más amplio, porque “el hombre no vive de pan solamente”. En una época donde los generosos y valientes intentan transformar su ideal de justicia social en realidad viviente, no es sólo a conquistar el pan, aun con el vino y la sal, a lo que
se limitará nuestra ambición. Será preciso conquistar también todo lo necesario o lo simplemente útil para una vida confortable; es preciso que podamos asegurar a todos la plena satisfacción de sus necesidades y de sus deseos. En tanto que no hayamos hecho esta primera “conquista”, en tanto “que haya pobres entre nosotros”, es una burla amarga dar el nombre de “sociedad” a este conjunto de seres humanos que se odian y se destruyen entre ellos, como animales feroces encerrados en la arena del circo.
Desde el primer capítulo de su obra, el autor enumera las inmensas riquezas que ya la humanidad posee y el prodigioso equipamiento en máquinas que ha adquirido gracias al trabajo colectivo. Los productos obtenidos cada año serían ampliamente suficientes para proporcionar el pan a todos los hombres; si el
capital enorme de ciudades, fábricas, de medios de transporte y de escuelas devienen en propiedad común en lugar de ser aprisionadas en propiedades privadas, el bienestar sería fácil de conquistar: las fuerzas que estén a nuestra disposición serían aplicadas, no a trabajos inútiles o contradictorios, sino a la producción
de todo aquello que el hombre necesita para su alimentación, su alojamiento y sus ropas, para su confort, para el estudio de las ciencias, para la cultura y el arte. No obstante la recuperación de las posesiones humanas, o sea la expropiación, sólo puede ser realizada por el comunismo anárquico: es preciso destruir el gobierno y sus leyes, repudiar su moral, ignorar a sus agentes, y se llevará a cabo por los interesados mismos siguiendo su propia iniciativa, agrupándose según sus afinidades, sus intereses, su ideal y la naturaleza de los trabajos emprendidos. Esta cuestión de la expropiación, la más importante del libro, es también una de las que el autor ha tratado con el mayor detalle, sobriamente y sin violencia verbal, pero con la calma y la claridad de visión que demanda el estudio de una revolución próxima, en lo sucesivo inevitable. Es después del derrumbe del Estado que los grupos de trabajadores liberados, no teniendo ya que sudar al servicio de acaparadores y de parásitos, podrán dedicarse a ocupaciones atrayentes libremente elegidas y proceder científicamente al cultivo del suelo y a la producción industrial, en combinación con recreaciones consagradas al estudio o el placer. Las páginas del libro que tratan sobre los trabajos agrícolas ofrecen un interés capital, porque en ellas se narran los hechos que la práctica ya ha comprobado y que son fáciles de aplicar en todas partes y a gran escala, en beneficio de todos y no solamente para el enriquecimiento de algunos.

Los chistosos hablan del “fin de siglo” para burlarse de los vicios y los defectos de la juventud elegante; pero ahora se trata de otra cosa bien diferente que el fin de un siglo. Hemos llegado al fin de una época, de una era de la historia. Es la antigua civilización entera que vemos acabarse. El derecho de la fuerza y el capricho de la autoridad, la rígida tradición judía y la cruel jurisprudencia romana no se nos imponen ya; profesamos una fe nueva, y cuando esta fe, que es al mismo tiempo la ciencia, sea la de todos aquellos que buscan la verdad, tomará cuerpo en el mundo de las realizaciones, porque la primera de las leyes históricas es que la sociedad se modela sobre su ideal. ¿Cómo podrán mantener el orden caduco de las cosas sus defensores? Ya no creen; no teniendo ni guía ni bandera, combaten al azar contra los innovadores, ellos tiene las leyes y los fusiles, policías con porras y parques de artillería, pero todo esto no puede estar a la altura de un pensamiento, y todo el antiguo régimen de arbitrariedad y de opresión está destinado a perderse rápidamente en una suerte de prehistoria.
Ciertamente, la inminente revolución, por importante que pueda ser en el desarrollo de la humanidad, no diferirá en nada de las revoluciones anteriores dando un salto brusco; la naturaleza no lo hace. Pero se puede decir que, por mil fenómenos, por mil modificaciones profundas, la sociedad anárquica está
ya después de largo tiempo en pleno crecimiento. Ella va creciendo, se organiza por todas partes, en donde el pensamiento libre se desprende de la letra del dogma, en donde el genio del investigador ignora las viejas fórmulas o en donde la voluntad humana se manifiesta en acciones independientes, en todas partes donde los hombres sinceros, rebeldes a toda disciplina impuesta, se unan por su plena voluntad para instruirse mutuamente y reconquistar juntos, sin amos, su parte de la vida y la satisfacción integral de sus necesidades. Todo esto es la anarquía, aun cuando se la ignore, y de más en más llega a reconocerse.
Cómo no va a triunfar, ya que tiene su ideal, y la audacia de su voluntad, en tanto que la masa de sus adversarios, en adelante sin fe, se abandona al destino, gritando “¡Fin de siglo!
¡Fin de siglo!”.
La revolución que se anuncia, así pues, se llevará a cabo, y nuestro amigo Kropotkin trata en su derecho de historiador, de ubicarse ya en el día de la revolución para exponer sus ideas  sobre la retoma de la posesión del patrimonio colectivo debido al trabajo de todos y haciendo un llamado a los tímidos, que se
dan perfecta cuenta de las injusticias reinantes, pero no osan  entrar en abierta rebeldía contra una sociedad de la cual mil  lazos de intereses y de tradiciones les hacen depender. Ellos saben que la ley es inicua y mendaz, que los magistrados son los cortesanos de los fuertes y los opresores de los débiles, que la conducta regular de la vida y la probidad sostenida en el trabajo no son siempre recompensados por la certeza de tener un pedazo de pan, y que, son mejores armas para la “conquista del pan” y del bienestar, la cínica impudicia del especulador bursátil y la áspera crueldad del prestamista prendario, que todas las virtudes; pero en lugar de regir sus pensamientos, sus deseos, sus emprendimientos, sus acciones, con arreglo a la luz sana de la justicia, la mayoría se evade hacia algún callejón lateral para escapar a los peligros de una actitud franca. Eso sucede con los neorreligiosos, que no pudiendo más profesar la “fe absurda” de sus padres, se consagran a alguna iniciación mística más original, sin dogmas precisos perdiéndose en una bruma de sentimientos confusos: se harán espiritistas, rosacruces, budistas o taumaturgos. Discípulos pretendidos de Sakyamuni, pero sin  tomarse el trabajo de estudiar la doctrina de su maestro, los señores melancólicos y las damas vaporosas fingen buscar la paz en el anonadamiento del nirvana Pero puesto que ellas hablan sin cesar del ideal, es que estas “bellas almas” se tranquilizan. Seres materiales como nosotros somos, tenemos –esto es verdad– la debilidad de pensar en la alimentación, porque frecuentemente ha faltado; falta ahora a millones de nuestros hermanos eslavos, los súbditos del zar, y a otros millones más; ¡pero más allá del pan, más allá del bienestar y todas las riquezas colectivas que pueda procurarnos la puesta en actividad de nuestros campos, vemos surgir a lo lejos, delante nuestro, un mundo nuevo, en el cual podremos amarnos con plenitud y satisfacer esta noble pasión del ideal que los amantes etéreos de lo bello despreciando la vida material, dicen que es la sed inextinguible de sus almas! Cuando no haya más ni rico, ni pobre, cuando el famélico ya no tenga que mirar envidiosamente al saciado de comida, la amistad natural podrá renacer entre los hombres, y la religión de la solidaridad, hoy asfixiada, tomará el lugar de esta religión vaga que dibuja imágenes huidizas sobre los vapores del cielo.
La revolución cumplirá más que lo prometido; ella renovará las fuentes de la vida limpiándonos del contacto impuro de todas las policías y nos liberará finalmente de las viles preocupaciones por el dinero que envenenan nuestra existencia. Será entonces que cada uno podrá seguir libremente su camino: el
trabajador cumplirá la tarea que le convenga; el investigador estudiará sin prejuicios; el artista no prostituirá más su ideal de belleza por su sustento y en adelante todos amigos, podremos realizar concertadamente las grandes cosas entrevistas por los poetas. Sin duda entonces a veces se recordarán los nombres de aquellos  que, por su propaganda abnegada, pagada con el exilio o la prisión, hubieron preparado la nueva sociedad. Es pensando en ellos que nosotros editamos La conquista del pan: recibiendo este testimonio del pensamiento común, a través de sus barrotes o en tierra extranjera, se sentirán algo más fortificados. El autor seguramente me aprobará si dedico su libro a todos aquellos que sufren por la causa, y sobre todo a un querido amigo cuya vida entera fue un largo combate por la justicia. No diré su nombre: leyendo estas palabras de un hermano, él se reconocerá en los latidos de su corazón

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Mi anarquismo de Rafael Barrett

Me basta el sentido etimológico: "ausencia de gobierno". Hay que destruir el espíritu de autoridad y el prestigio de las leyes. Eso es todo.
Será la obra del libre examen.
Los ignorantes se figuran que anarquía es desorden y que sin gobierno la sociedad se convertirá siempre en el caos. No conciben otro orden que el orden exteriormente impuesto por el terror de las armas.
Pero si se fijaran en la evolución de la ciencia, por ejemplo, verían de qué modo a medida que disminuía el espíritu de autoridad, se extendieron y afianzaron nuestros conocimientos. Cuando Galileo, dejando caer de lo alto de una torre objetos de diferente densidad, mostró que la velocidad de caída no dependía de sus masas, puesto que llegaban a la vez al suelo, los testigos de tan concluyente experiencia se negaron a aceptarla, porque no estaba de acuerdo con lo que decía Aristóteles. Aristóteles era el gobierno científico; su libro era la ley. Había otros legisladores: San Agustín, Santo Tomás de Aquino, San Anselmo. ¿Y qué ha quedado de su dominación? El recuerdo de un estorbo. Sabemos muy bien que la verdad se funda solamente en los hechos. Ningún sabio, por ilustre que sea, presentará hoy su autoridad como un argumento; ninguno pretenderá imponer sus ideas por el terror. El que descubre se limita a describir su experiencia, para que todos repitan y verifiquen lo que él hizo. ¿Y esto qué es? El libre examen, base de nuestra prosperidad intelectual. La ciencia moderna es grande por ser esencialmente anárquica. ¿Y quién será el loco que la tache de desordenada y caótica?
La prosperidad social exige iguales condiciones.
El anarquismo, tal como lo entiendo, se reduce al libre examen político.
Hace falta curarnos del respeto a la ley. La ley no es respetable. Es el obstáculo a todo progreso real. Es una noción que es preciso abolir.
Las leyes y las constituciones que por la violencia gobiernan a los pueblos son falsas. No son hijas del estudio y del común asenso de los hombres. Son hijas de una minoría bárbara, que se apoderó de la fuerza bruta para satisfacer su codicia y su crueldad.
Tal vez los fenómenos sociales obedezcan a leyes profundas. Nuestra sociología está aún en la infancia, y no las conoce. Es indudable que nos conviene investigarlas, y que si logramos esclarecerlas nos serán inmensamente útiles. Pero aunque las poseyéramos, jamás las erigiríamos en Código ni en sistema de gobierno. ¿Para qué? Si en efecto son leyes naturales, se cumplirán por sí solas, queramos o no. Los astrónomos no ordenan a los astros. Nuestro único papel será el de testigos.
Es evidente que las leyes escritas no se parecen, ni por el forro, a las leyes naturales. ¡Valiente majestad la de esos pergaminos viejos que cualquier revolución quema en la plaza pública aventando las cenizas para siempre! Una ley que necesita del gendarme usurpa el nombre de ley. No es tal ley: es una mentira odiosa.
¡Y qué gendarmes! Para comprender hasta qué punto son nuestras leyes contrarias a la índole de las cosas, al genio de la humanidad, es suficiente contemplar los armamentos colosales, mayores y mayores cada día, la mole de fuerza bruta que los gobiernos amontonan para poder existir, para poder aguantar algunos minutos más el empuje invisible de las almas.
Las nueve décimas partes de la población terrestre, gracias a las leyes escritas, están degeneradas por la miseria. No hay que echar mano de mucha sociología, cuando se piensa en las maravillosas aptitudes asimiladoras y creadoras de los niños de las razas más inferiores, para apreciar la monstruosa locura de ese derroche de energía humana. ¡La ley patea los vientres de las madres!
Estamos dentro de la ley como el pie chino dentro del borceguí, corno el baobab dentro del tiesto japonés. ¡Somos enanos voluntarios!
¡Y se teme el caos si nos desembarazamos del borceguí, si rompemos el tiesto y nos plantamos en plena tierra, con la inmensidad por delante! ¿Qué importan las formas futuras? La realidad las revelará. Estemos ciertos de que serán bellas y nobles, como las del árbol libre.
Que nuestro ideal sea el más alto. No seamos prácticos. No intentemos mejorar la ley, sustituir un borceguí por otro. Cuanto más inaccesible aparezca el ideal, tanto mejor. Las estrellas guían al navegante. Apuntemos enseguida al lejano término. Así señalaremos el camino más corto. Y antes venceremos.
¿Qué hacer? Educarnos y educar. Todo se resume en el libre examen. ¡Que nuestros niños examinen la ley y la desprecien!

jueves, 15 de noviembre de 2012

Deshecha rosa de Manuel Rojas




DESHECHA ROSA de Manuel Rojas

La 1ª ed. de este poema fue publicada en 1954.



1
Construido con elementos de timidez y de urgencia,
de pasión y de silencio;
a través de ganzúas y de ladrones hábiles,
acompañado de anarquistas perseguidos por la policía
y de cómicos que morían sin éxito en los hospitales;
entre carpinteros de duras manos y tipógrafos de manos ágiles;
soñando en la cubierta de los vapores
y en los vagones de carga de los trenes internacionales;
con muchos días de soledad y de cansancio,
sin lágrimas, con los zapatos destrozados,
por las calles de Santiago o de Buenos Aires;
ganándome la vida y la muerte, a saltos,
como los tahúres o los rufianes;
cultivando, sin embargo, una gran rosa ardiente,
decidido y vacilante,
llegué donde tú me esperabas con tu ardiente rosa.
No traía sino mi don de hombre,
mi pequeña gracia de narrador
y tres abejorros con hambre.

2
Apretada e intacta, construida con elementos de lentitud y de ternura,
tú venías,
empujada por los vientos de Valparaíso
y a través de los cardúmenes de su bahía.
Por entre los álamos del Aconcagua
y tinajas hirviendo de dulce chicha,
acompañada de campesinos con las barbas mojadas de garúa
y huasos de ojos verdes, que cultivaban la poesía:
- Clara se llamó mi madre,
y mi padre, Claridad;
y yo me llamo Clarisa:
¡Miren que casualidad!;
entre normalistas azules que reían
y novios enfermos del pulmón, que morían
a través de niños que aprendieron a leer mirándose en tus ojos,
tu rosa cerrada para mis tres abejorros hambrientos traías.

3
Fuiste mía y fui tuyo "en el oscuro pensamiento de la noche".
Sin reservas, con locura y con ternura,
unidos en la sangre, en el aliento y en la piel
buscamos aquello que nos unía
y que nunca supimos que era.
Las largas noches eran nuestras, y nosotros eramos de la noche,
trabajadores fervientes, entre murmullos
y silencios de reposo y espera,
como mineros que buscaran o como joyeros que pulieran.
La piel fina y caliente de tu cintura,
la áspera piel de mis piernas;
mi boca impaciente y tu boca deseosa de obedecer;
mis manos como hormigas entre tu cuerpo de panal nocturno;
tu espalda que se arqueaba y mis largos y tenaces brazos;
tus duras piernas y mis insistentes rodillas entre ellas;
mi lengua y su apasionado itinerario.
Y tu recato y mi persuasión,
y tu arrullo y mi contenido grito
de hallazgo o de sorpresa:
en la alta noche, creando, latiendo, buscando,
trabajando con su propio material
su gozoso y limpio destino, esmeradamente.
Y de tu vientre
los abejorros brotaban chillando y mamando,
entre mis lágrimas de hombre y tus sonrisas de mujer.

4
Así ocho años como ocho rosas de doce pétalos
o simplemente ocho años.
A través de sus días y sus noches
tú mirabas blanquear mis sienes
y yo veía cómo tus labios perdían su frescura.
Pero era en tí donde moría mi juventud,
en mí moría la frescura de tu boca.
Alcanzábamos nuestro gozoso y limpio destino.
Los abejorros mamaban y crecían;
mi madre y mis amigos,
y tus amigas y tus parientes, se detenían
y se inmovilizaban en el espacio y en el tiempo,
helados, indiferentes a los sollozos y a las lágrimas.
Ocurrían revoluciones, y los carabineros
eximían de sus exámenes a algunos estudiantes
y de su vejez a algunos obreros;
pero ellos, por su parte, abandonaban a sus caballos en las calles
y en los conventillos a sus viudas,
y estas, llorando, cobraban escasas pensiones de viudez,
mientras los Presidentes de Chile iban y venían
y por allá se entretenían, rascándose o jugando al ajedrez.
Tranquilos, aunque envejeciendo,
contentos, aunque a veces fatigados,
veíamos caer la tarde y nos íbamos con ella,
conscientes de que atardecíamos.

5
Ahora,
desde el fondo de mi ser,
desde donde el aire se transforma en sangre
y desde donde la sangre se transforma en semen;
de más allá aún: desde donde río y desde donde lloro,
desde donde hablo y desde donde enmudezco,
desde donde me detengo y desde donde camino;
de en medio de los oscuros líquidos,
del centro de las blandas médulas,
desde la corriente de las linfas
y desde el bullir de los glóbulos;
desde donde tú puedes vivir en mí
y desde donde yo puedo vivir en tí:
tu recuerdo surge y me lame como una dulce llama,
como una dulce lengua,
¡oh, mujer mía!

6
Y busco tu rostro y tu cuerpo más allá de la muerte.
Inútilmente. La muerte no me da sino tu boca abierta
y el coágulo de sangre que salió de ella.
¿Eres tú? No lo eres. No te reconozco muerta.
Busco después tu rostro y tu cuerpo
antes de que la muerte te entreabriera la boca.
Inútilmente también. Imágenes dispersas acuden:
las manos con blandos hoyuelos,
la piel clara de los muslos,
el vello dorado del pubis,
los ojos de íntimo reflejo verde,
el vientre de niña que mi amor marchitó
y que yo amaba por sus estrías:
expresión de mi hombría y de tu feminidad.
Imágenes táctiles, olfativas, de sabor:
mi mano siente a veces el calor de tu cuerpo,
mi lengua el sabor de la tuya,
mi nariz tu olor nocturno.
Repartida a lo largo de mis recuerdos y mis sentidos,
estás en todas partes y no estás en ninguna.

7
Los abejorros te tienen, sin embargo.
aprisionada por raíces que la muerte no puedo romper,
en ellos estás, en sus miradas, en sus risas, en sus voces,
y en ellos me miras, me sonríes y me hablas.
Y en ellos te miro, te sonrío y te hablo
mientras camino, con mi gran rosa ardiente,
hacia donde tú estás con tu deshecha rosa.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

TIERRA, Regeneración 1º. de octubre de 1910




Texto Digitalizado Original  de los archivos Magón.Año 1910



TIERRA
Por Ricardo Flores Magón
Regeneración
1º. de octubre de 1910


"Millones de seres humanos dirigen en estos momentos al cielo su triste mirada, con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, ese algo que es el todo porque constituye el fin, forma el objeto del doloroso esfuerzo, del penoso batallar de la especie hombre desde que sus pasos vacilantes la pusieron un palmo adelante de las especies irracionales: ese algo es la felicidad." ¡La felicidad! "La felicidad no es de este mundo", dicen las religiones: "la felicidad está en el cielo, está más allá de la tumba". -Y el rebaño humano levanta la vista, e ignorante de la ciencia del cielo, piensa que éste está muy lejos cuando sus pies se apoyan precisamente en este astro, que con sus hermanos constituye la gloria y la grandeza del firmamento.
La tierra forma parte del cielo; la humanidad, por lo mismo, está en el cielo. No hay que levantar la vista con la esperanza de encontrar la felicidad detrás de esos astros que embellecen nuestras noches: la felicidad está aquí, en el astro Tierra, y no se conquista con rezos, no se consigue con oraciones, ni ruegos, ni humillaciones, ni llantos: hay que disputarla de pie y por la fuerza, porque los dioses de la tierra no son como los de las religiones: blandos a la oración y al ruego; los dioses de la tierra tienen soldados, tienen polizontes, tienen jueces, tienen verdugos, tienen presidios, tienen horcas, tienen leyes, todo lo cual constituye lo que se llama instituciones, montañas escarpadas que impiden a la humanidad alargar el brazo y apoderarse de la tierra, hacerla suya, someterla a su servicio, con lo que se haría de la felicidad el patrimonio de todos y no el privilegio exclusivo de los pocos que hoy la detentan.
La tierra es de todos. Cuando hace millones de millones de años no se desprendía aún la Tierra del grupo caótico que andando el tiempo había de dotar al firmamento de nuevos soles, y después, por el sucesivo enfriamiento de ellos, de planetas más o menos bien acondicionados para la vida orgánica, este planeta no tenía dueño. Tampoco tenía dueño la tierra cuando la humanidad hacía de cada viejo tronco del bosque o de cada caverna de la montaña una vivienda y un refugio contra la intemperie y contra las fieras.
Tampoco tenía dueño la tierra cuando más adelantada la humanidad en la dolorosa vía de su progreso llegó al periodo pastoril: donde había pastos, allí se estacionaba la tribu que poseía en común los ganados. El primer dueño apareció con el primer hombre que tuvo esclavos para labrar los campos, y para hacerse dueño de esos esclavos y de esos campos necesitó hacer uso de las armas y llevar la guerra a una tribu enemiga. Fue, pues, la violencia el origen de la propiedad territorial, y por la violencia se ha sostenido desde entonces hasta nuestros días.
Las invasiones, las guerras de conquista, las revoluciones políticas, las guerras para dominar mercados, los despojos llevados a cabo por los gobernantes o sus protegidos son los títulos de la propiedad territorial, títulos sellados con la sangre y con la esclavitud de la humanidad; y este monstruoso origen de un derecho absurdo, porque se basa en el crimen, no es un obstáculo para que la ley llame sagrado ese derecho, como que son los detentadores mismos de la tierra los que han escrito la ley. La propiedad territorial se basa en el crimen, y, por lo mismo, es una institución inmoral. Esta institución es la fuente de todos los males que afligen al ser humano. El vicio, el crimen, la prostitución, el despotismo, de ella nacen.
Para protegerla se hacen necesarios el ejército, la judicatura, el parlamento, la policía, el presidio, el cadalso, la iglesia, el gobierno y un enjambre de empleados y de zánganos, siendo todos ellos mantenidos precisamente por los que no tienen un terrón para reclinar la cabeza, por los que vinieron a la vida cuando la tierra estaba ya repartida entre unos cuantos bandidos que se la apropiaron por la fuerza, o entre los descendientes de esos bandidos, que han venido poseyéndola por el llamado derecho de herencia.
La tierra es el elemento principal del cual se extrae o se hace producir todo lo que es necesario para la vida. De ella se extraen los metales útiles: carbón, piedra, arena, cal, sales. Cultivándola, produce toda clase de frutos alimenticios y de lujo. Sus praderas proporcionan alimento al ganado, mientras sus bosques brindan su madera y las fuentes sus linfas generadoras de vida y de belleza. Y todo esto pertenece a unos cuantos, hace felices a unos cuantos, da poder a unos cuantos, cuando la naturaleza lo hizo para todo.
De esta tremenda injusticia nacen todos los males que afligen a la especie humana al producir la miseria. La miseria envilece, la miseria prostituye, la miseria empuja al crimen, la miseria bestializa el rostro, el cuerpo y la inteligencia. Degradadas, y, lo que es peor, sin conciencia de su vergüenza, pasan las generaciones en medio de la abundancia y de la riqueza sin probar la felicidad acaparada por unos pocos.
Al pertenecer la tierra a unos cuantos, los que no la poseen tienen que alquilarse a los que la poseen para siquiera tener en pie la piel y la osamenta. La humillación del salario o el hambre: éste es el dilema con que la propiedad territorial recibe a cada nuevo ser que viene a la vida; dilema de hierro que empuja a la humanidad a ponerse ella misma las cadenas de la esclavitud, si no quiere perecer de hambre o entregarse al crimen o a la prostitución.
Preguntad ahora por qué oprime el gobierno, por qué roba o mata el hombre, por qué se prostituye la mujer. Detrás de las rejas de esos pudrideros de carne y de espíritu que se llaman presidios, miles de infortunados pagan con la tortura de su cuerpo y la angustia de su espíritu las consecuencias de ese crimen elevado por la ley a la categoría de derecho sagrado: la propiedad territorial.
En el envilecimiento de la casa pública, miles de jóvenes mujeres prostituyen su cuerpo y estropean su dignidad, sufriendo igualmente las consecuencias de la propiedad territorial. En los asilos, en los hospicios, en las casas de expósitos, en los hospitales, en todos los sombríos lugares donde se refugian la miseria, el desamparo y el dolor humanos, sufren las consecuencias de la propiedad territorial hombres y mujeres, ancianos y niños. Y presidiarios, mendigos, prostitutas, huérfanos y enfermos levantan los ojos al cielo con la esperanza de encontrar más allá de las estrellas que alcanzan a ver, la felicidad, la felicidad que aquí les roban los dueños de la tierra.
Y el rebaño humano, inconsciente de su derecho a la vida, torna a encorvar las espaldas trabajando para otros esta tierra con que la naturaleza lo obsequió, perpetuando con su sumisión el imperio de la injusticia. Pero de la masa esclava y enlodada surgen los rebeldes; de un mar de espaldas emergen las cabezas de los primeros revolucionarios. El rebaño tiembla presintiendo el castigo; la tiranía tiembla presintiendo el ataque, y, rompiendo el silencio, un grito, que parece un trueno, rueda sobre las espaldas y llega hasta los tronos: ¡Tierra!
" ¡Tierra! ," gritaron los Gracos; " ¡Tierra! " gritaron los anabaptistas de Munzer; " ¡Tierra! ", gritó Babeuf; "¡Tierra! ", gritó Bakounine; " ¡Tierra! " gritó Ferrer; "¡Tierra! " grita la Revolución Mexicana, y este grito, ahogado cien veces en sangre en el curso de las edades; este grito que corresponde a una idea guardada con cariño a través de los tiempos por todos los rebeldes del planeta; este grito sagrado transportará al cielo con que sueñan los místicos a este valle de lágrimas cuando el ganado humano deje de lanzar su triste mirada al infinito y la fije aquí, en este astro que se avergüenza de arrastrar la lepra de la miseria humana entre el esplendor y la grandeza de sus hermanos del cielo.
Taciturnos esclavos de la gleba, resignados peones del campo, dejad el arado. Los clarines de Acayucan y Jiménez, de Palomas y las Vacas, de Viesca y Valladolid, os convocan a la guerra para que toméis posesión de esa tierra, a la que dais vuestro sudor, pero que os niega sus frutos porque habéis consentido con vuestra sumisión que manos ociosas se apoderen de lo que os pertenece, de lo que pertenece a la humanidad entera, de lo que no puede pertenecer a unos cuantos hombres, sino a todos los hombres y a todas las mujeres que, por el solo hecho de vivir, tienen derecho a aprovechar en común, por medio del trabajo, toda la riqueza que la tierra es capaz de producir.
Esclavos, empuñad el winchester. Trabajad la tierra cuando hayáis tomado posesión de ella. Trabajar en estos momentos la tierra es remacharse la cadena, porque se produce más riqueza para los amos y la riqueza es poder, la riqueza es fuerza, fuerza física y fuerza moral, y los fuertes os tendrán siempre sujetos. Sed fuertes vosotros, sed fuertes todos y ricos haciéndoos dueños de la tierra; pero para eso necesitáis el fusil; compradlo, pedidlo prestado en último caso, y lanzaos a la lucha gritando con todas vuestras fuerzas: ¡Tierra y Libertad!
Regeneración. 1o. de octubre de 1910. 

Texto Digitalizado Original  de los archivos Magón.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Volin: La revolución desconocida [Libro]


Figura destacada de la Revolución Rusa en el campo anarquista, Volin dedicó los últimos años de su exilio francés a la escritura de La revolución desconocida, un libro que sólo vería la luz tras su fallecimiento. El propio título nos aclara ya lo que es su leitmotiv y su objetivo esencial, la revelación de aspectos clave ignorados o tergiversados por la historiografía oficial y que resultan imprescindibles para enjuiciar los acontecimientos de 1917 en Rusia.

Vsévolod Mijáilovich Eijenbaum, que adoptó el nombre de Volin en la lucha revolucionaria, nació en la Rusia central en 1882 y acudió a estudiar a San Petersburgo poco antes de que se desencadenaran los hechos de 1905. Protagonista de éstos, Volin se ve obligado a partir al exilio en 1907, y es en París donde cambia su militancia en el partido Socialista Revolucionario por el anarquismo que ya no abandonaría. Sus dotes de periodista, propagandista y orador fueron esenciales en la organización de este movimiento en Francia y Estados Unidos, pero en 1917 regresa a Rusia para unirse a la revolución. Participa después en el movimiento majnovista de Ucrania y conoce las cárceles de la Cheká moscovita hasta que la intervención de sindicalistas europeos asistentes a un congreso del Profintern consigue cambiar su condena por el exilio. Establecido primero en Berlín y más tarde en París, resulta de nuevo un activista fundamental del anarquismo, aunque a partir de 1926 sus posiciones se apartaron de las de sus viejos compañeros Majnó y Arshínov. Volin murió en París de tuberculosis en 1945.

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Fuente: http://www.fondation-besnard.org/article.php3?id_article=1708
http://www.portaloaca.com/historia/conflictos/6347-volin-la-revolucion-desconocida-libro