miércoles, 26 de junio de 2013

¡Somos vida, no mercancías! - Economía social y sustentable.


El capitalismo es incompatible con la vida, ya que se basa en la extracción desmesurada de recursos. No combinan los intereses de la producción humana con los intereses de la conservación ecológica; al contrario, son opuestos. Estamos en un momento crítico, el sistema puede acabar con la naturaleza, depredarla por completo, pero por otra parte podemos luchar por una sociedad sustentable: un desarrollo que satisfaga las necesidades de todos, y del entorno. Que el planeta pueda mantener su equilibrio dinámico, recuperar  la consciencia sobre  la   pérdida devastadora de  los recursos naturales , y mantenerse abierto a diversas formas de desarrollo.
La economía convencional tiene una visión limitada, con sus nociones de propiedad, donde la naturaleza tiene un papel secundario o nulo en la producción. No podemos conformarnos con el futuro de muerte que nos ofrece el sistema, parece ser un camino difícil de recorrer, escuchamos sobre la permacultura, la economía ecológica y diversas organizaciones locales  en autogestión,  y parece que hablamos de utopías.
Debemos reestructurar la mentalidad asesina capitalista de las personas, pero ¿cómo? 

Antes de la llegada de los españoles a Mesoamérica el sistema de producción era comunitario, sin duda tenemos mucho que aprender de los primeros pueblos, de los campesinos, no tuvimos la misma educación y visión de la vida los que nacimos en las ciudades, incluso pequeñas ciudades, con la sabiduría que se adquiere del campo, de la agricultura.
Es tiempo de aprender,compartir y utilizar esos conocimientos y técnicas y adecuarlos a nuestros tiempos, espacios, modos, podemos consumir más éticamente, contaminar lo menos posible, reciclando materiales, haciendo lazos solidarios, de cooperación, promoviendo el bienestar de productores y consumidores sin explotación, existen muchísimas experiencias de autonomía en México y en el mundo , a nivel económico, ecológico, social, cultural, no importa desde que trinchera, que al final todo se relaciona, pero lo importante es terminar con la lógica capitalista, donde todo se reduce a mercancías, si no tenemos dinero, no podemos vivir.
Por el mundo existen bancos éticos, cooperativas, monedas sociales, grupos que realizan trueques de bienes, servicios, saberes, gratisferias, intercambios, incluso existen webs de truque online, para intercambiar diferentes objetos y servicios.
Las “monedas sociales” son instrumentos para conseguir relaciones económicas igualitarias y basadas en el trabajo real. Es una moneda local, que no produce intereses y que no tiene sentido acumular, no se puede especular con ella. En este sentido, nunca hay escasez de moneda, sino que existe tanta como riqueza o trabajo real existe en el Mercado Social.  
En México aproximadamente hay 16 monedas comunitarias que funcionan de forma permanente: Tlaloc, Mixihucas, Romitas, Tumin, Cacaos, etc.
Enfrentar al capitalismo empieza con nosotros mismos, desde la rebeldía, solidaridad y  cooperación, respetando todas las formas de vida con las que compartimos el mundo

Do. Carolina. (Economista Mexicana)

martes, 11 de junio de 2013

Las huellas de un anarquista - Moisés S. Bertoni



       Ejemplar del periódico anarquista Le Revolté, fundado por Reclús y Kropotkin, que Moises S. Bertoni atesoraba en su casa del Alto Paraná

Las huellas de un anarquista - Moisés S. Bertoni



Moisés S. Bertoni es poco conocido como personaje político. Se lo muestra como científico asceta, cuando en realidad vino a América motivado por Reclús y Kropotkin, ideólogos del anarquismo, con la utopía de construir una colonia socialista en medio de la selva.

Por Andrés Colmán Gutiérrez
Un ejemplar de páginas amarillentas del periódico socialista anarquista Le Revolté (El rebelde), fechado el 18 de febrero de 1882, en Génova, sobresale entre las pertenencias del sabio suizo Moisés Santiago Bertoni, en su pintoresca casa de madera, erigida en medio de la selva del Alto Paraná, y que hoy se rescata en el Museo  en Puerto Bertoni, a 36 kilómetros al sur de Ciudad del Este. Al lado del periódico hay un afiche propagandístico, impreso por la “JJ. LL. de Cataluña”, que muestra el retrato de un hombre barbudo, con una frase: “La anarquía es la más alta expresión del orden. Eliseo Reclús”.
Ambos materiales cuentan una historia hasta ahora poco estudiada y difundida, y que se refiere a la ideología y militancia política profesada por el gran botánico, naturalista y escritor.
La mayoría de sus biógrafos han insistido en mostrar a Bertoni como un científico asceta que vino a recluirse en medio de la selva para estudiar a los indios, a los animales y a las plantas, poco interesado en la realidad política, cuando que es todo lo contrario: fueron precisamente sus ideales políticos, alimentados en largas discusiones con dos de los mayores pensadores del socialismo anarquista, Elisée Reclús y Piotr Kropotkin, los que lo empujaron a América, con la utopía de construir aquí la sociedad perfecta, una colonia socialista basada en la agricultura.




 ENCUENTRO EN SUIZA. Bertoni conoció y fue gran amigo de Elisée Reclús, el cartógrafo francés y gran líder del anarquismo, que colaboró con Bakunin en la década de 1861-70.
Afiliado a la Primera Internacional, Reclús participó de la sublevación de la Comuna de París en 1870, donde cayó preso. Fue salvado de la condena a deportación perpetua por Charles Darwin y otros intelectuales europeos, y en 1872 recaló en Suiza, donde se reencontró con otro gran líder anarquista, el príncipe ruso Piotr Alekséyevich Kropotkin, también geógrafo y naturalista, y uno de los principales teóricos del anarquismo.
En 1880, Reclús y Kropotkin se establecen en Clarens, Cantón de Vaud, Suiza, donde los conoce un chico de 23 años, llamado Mosé Giacomo Bertoni, quien se sentía apasionadamente atraído por las ideas del anarquismo, así como por la exploración geográfica y los descubrimientos científicos.
En largas sesiones de adoctrinamiento y discusión, los dos pensadores hicieron germinar en el joven suizo el sueño utópico de fundar una comunidad agrícola socialista, que fuera como construir el paraíso terrenal, en respuesta a la decadente sociedad capitalista europea. Pero esa hazaña solo podía cumplirse en otro lugar que no fuera Europa… en América.
El 14 de febrero de 1882, Moisés Bertoni envía una carta a su esposa Eugenia Rossetti, quien se hallaba en Zurich, comunicándole su deseo de llevarlas a ella y a sus primeros hijos a una gran aventura hacia el interior de la Argentina:
“El dado está echado y nosotros partiremos... Sí, querida Eugenia; nosotros partiremos hacia una supuesta Patria; desdeñaremos una sociedad sifilítica que sólo las bombas sabrán curar; una sociedad que desde el lecho en el que yace putañeramente se burla de nuestra ‘superstición’ humanitaria, y que ofrece su inmundo pan al precio del embrutecimiento. ¡No, por Dios!, la naturaleza no nos ha dado una conciencia superior para embrutecerla en aquel océano de basura que desfachatadamente se llama la sociedad moderna”, le dice Moisés.
El 3 de marzo de 1884, a bordo del vapor “Nord América”, Bertoni embarca con su esposa, su madre Giuseppina, y sus primeros hijos nacidos en Suiza: Reto Dividone, Arnoldo da Winkelried, Vera Zasulič, y Sofia Perovskaja.
Junto a él vienen otros 40 agricultores suizos, a quienes el entusiasta líder anarquista había convencido de que al otro lado del mar les esperaba el paraíso en la tierra.
Llegan a Buenos Aires y Bertoni logra entrevistarse con el presidente argentino, Julio Roca, a quien entusiasma con su proyecto colonizador. El gobernante le facilita los medios para establecer su “colonia utópica” en la provincia de Misiones, en un lugar llamado Santa Ana, hasta donde llegan los inmigrantes a levantar sus primeras casas. Pero la inclemencia de la naturaleza en forma de una prolongada sequía, las intrigas de los caudillos locales y el azote de los bandoleros se transforman en múltiples dificultades que provocan fuertes divisiones en el grupo humano.
Las demás familias suizas empiezan a abandonar el sueño de Bertoni, hasta dejarlo solo con su esposa, sus hijos y su madre. Desilusionado, huye hacia Yabebyry, otra localidad de Misiones, hasta finalmente cruzar al Paraguay, donde finalmente encuentra su lugar en el mundo: un barranco a orillas del río Paraná, en medio de la selva indómita, a donde trasladará su sueño de crear la sociedad perfecta, un sitio al que en principio denomina “Colonia Guillermo Tell”, pero finalmente acabará conocido como Puerto Bertoni.


LA UTOPÍA QUE NO FUE. “La utopía pudo estar aquí”, afirma Francisco Alí Brouchoud, artista visual, escritor y crítico de arte posadeño, en un artículo acerca de la ideología política del sabio suizo, publicado en el diario El Territorio, de Posadas, Misiones, Argentina. Es uno de los pocos autores que reivindican al Bertoni anarquista y socialista.
“La imagen que se ha ido construyendo sobre Moisés Bertoni -la de un hombre preocupado exclusivamente por cuestiones botánicas y meteorológicas- es completamente parcial, y ha ocultado la dimensión total de su pensamiento e intenciones”, destaca.
Bertoni vino primero a Misiones (Argentina) y luego al Alto Paraná (Paraguay) “con la idea primera de fundar aquí una colonia socialista, Y su genealogía ideológica entronca con los grandes nombres del movimiento anarquista y comunista europeo, a varios de cuyos representantes conoció y frecuentó en Suiza, y quienes fueron los que lo incitaron a emprender la aventura que lo trajo a estas tierras”, asegura Brouchoud.
En la misma carta que escribe a su esposa Eugenia, invitándola a acompañarlo a América, Bertoni también revela las ideas que mueven su utópica aventura: “¿Qué otra cosa es el patriotismo sino un egoísmo, por más grande que sea, siempre a favor de una pequeña parte de la humanidad? Para un socialista, ¿qué otra verdadera patria puede existir fuera de la Tierra, qué otro patriotismo fuera de aquel que abraza a la humanidad entera?”.
Por la misma época en que el sabio construía su paraíso familiar en Alto Paraná, otro anarquista europeo escandalizaba a la sociedad paraguaya con sus ideas libertarias: el español Rafael Barrett. Pero mientras Barret era cuestionado y perseguido como agitador social, Bertoni era reverenciado como científico. ¿Llegaron a conocerse Bertoni y Barrett? ¿Tuvieron oportunidad de discutir y confrontar sus ideas políticas?
En el Museo de Puerto Bertoni también se guarda actualmente una maqueta que muestra una aldea rural, con casas y chacras ubicadas en círculos, en terrenos comunitarios y espacios compartidos. Es la representación gráfica del sueño de la sociedad igualitaria que Bertoni había dibujado. El sueño que le empujó a venir a América, que quiso construir en Misiones y que no renunciaba a hacerlo realidad alguna vez en el Alto Paraná, si la muerte no hubiese venido a buscarlo el 19 de setiembre de 1929, tras una larga dolencia de paludismo.

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                     Casa de Moisés Bertoni en el distrito de Presidente Franco, Paraguay.