martes, 21 de enero de 2014

Errico Malatesta - El Anarquismo comunista & La organización



Errico Malatesta (1853-1932) fue uno de los propagandistas anarquistas más activos durante sus sesenta años de militancia. Puesto que los problemas básicos que pusieron en movimiento sus ideas no han cambiado demasiado en el último medio siglo -sobretodo en los países del llamado “tercer mundo”- es mucho lo que él puede enseñarnos, no como profeta, sino como alguien que pertenece a nuestra época y trabajó y vivió entre la gente, y siempre percibió que él sería el último en sugerir que los anarquistas de hoy acepten ciegamente sus ideas y adopten en detalle su “programa anarquista, o traten de vivir la vida que él vivió como agitador.

“Malatesta, pensamiento y acción revolucionarios” de Vernon Richards. Edit. Proyección. Buenos Aires 1974/“Anarquismo y Anarquía” Errico Malatesta, Tupac Ediciones, Buenos Aires 2000

El  Anarquismo Comunista



Hemos sido (en 1876), como somos todavía, anarquistas comunistas, pero esto no quiere decir que hagamos del comunismo una panacea y un dogma y no veamos que para la realización del comunismo se requieren ciertas condiciones morales y materiales que es necesario crear.
La fine dellAnarchismo de Luigi Galleani... (es) en sustancia una exposición clara, serena y elocuente del comunismo anárquico, según la concepción kröpotkiniana: concepción que yo personalmente encuentro demasiado optimista, demasiado fácil y confiada en las armonías naturales, pero que no por ello deja de ser la contribución más grande que se haya aportado hasta ahora a la difusión del anarquismo.
También nosotros aspiramos al comunismo como a la más perfecta realización de la solidaridad social, pero debe ser comunismo anárquico, es decir, libremente querido y aceptado, y medio para asegurar y acrecentar la libertad de cada uno; pero considerarnos que el comunismo estatal, autoritario y obligatorio es la más odiosa tiranía que alguna vez haya afligido, atormentado y obstaculizado la marcha de la humanidad.
Estos anarquistas que se dicen comunistas -y me ubico entre ellos- son tales no porque deseen imponer su modo especial de ver o crean que aparte de éste no haya ninguna salvación, sino porque están convencidos, hasta que se pruebe lo contrario, de que cuanto más se hermanen los hombres y más íntima sea la cooperación de sus esfuerzos en favor de todos los asociados, tanto mayor será el bienestar y la libertad de que podrá gozar cada uno. El hombre, piensan ellos, aunque esté liberado de la opresión de los demás hombres quedará siempre expuesto a las fuerzas hostiles de la naturaleza, que él no puede vencer por sí solo, aunque ayudado por los demás hombres puede dominarlas y transformarlas en medios de su propio bienestar. Un hombre que quisiera proveer a sus necesidades materiales trabajando por sí solo, sería esclavo de su trabajo. Un campesino, por ejemplo, que quisiera cultivar por sí solo su trozo de tierra, renunciaría a todas las ventajas de la cooperación y se condenaría a una vida miserable: no podría concederse períodos de reposo, viajes, estudios, contactos con la vida múltiple de los vastos agrupamientos humanos... y no siempre lograría calmar su hambre.
Es grotesco pensar que anarquistas, aunque se digan comunistas y lo sean, deseen vivir en un convento, sometidos a la regla común, a la comida y al vestido uniforme, etcétera; pero sería igualmente absurdo pensar que quieran hacer lo que les plazca sin tener en cuenta las necesidades de los demás, el derecho de todos a gozar de una libertad igual. Todo el mundo sabe que Kröpotkin, por ejemplo, que se contaba entre los anarquistas más apasionados y elocuentes propagadores de la concepción comunista, fue al mismo tiempo un gran apóstol de la independencia individual y quería con pasión que todos pudieran desarrollar y satisfacer libremente sus gustos artísticos, dedicarse a las investigaciones científicas, unir armoniosamente el trabajo manual y el intelectual para llegar a ser hombres en el sentido más elevado de la palabra.
Además los comunistas (anarquistas, se entiende) creen que a causa de las diferencias naturales de fertilidad, salubridad y ubicación del suelo, sería imposible asegurar, individualmente a cada uno iguales condiciones de trabajo, y realizar, si no la solidaridad, por lo menos la justicia. Pero al mismo tiempo se dan cuenta de las inmensas dificultades que implica practicar, antes de un largo período de libre evolución, ese comunismo voluntario universal que ellos consideran como ideal supremo de la humanidad emancipada y hermanada. Y llegan, por lo tanto, a una conclusión que podría expresarse con la siguiente fórmula: en la medida en que se realice el comunismo será posible realizar el individualismo, es decir, el máximo de solidaridad para gozar del máximo de libertad.
El comunismo aparece teóricamente como un sistema ideal que sustituiría en las relaciones humanas la lucha por la solidaridad, utilizaría de la mejor manera posible las energías naturales y el trabajo humano y haría de la humanidad una gran familia de hermanos dispuestos a ayudarse y amarse.
Pero ¿es esto practicable en las actuales condiciones morales y materiales de la humanidad? ¿Y dentro de qué límites?
El comunismo universal, es decir, una comunidad sola entre todos los seres humanos, es una aspiración, un faro ideal hacia el cual hay que tender, pero no podría ser ahora, por cierto, una forma concreta de organización económica. Esto, naturalmente, para nuestra época y probablemente por algún tiempo futuro: quienes vivan en el porvenir pensarán en tiempos más lejanos.
Por ahora sólo se puede pensar en una comunidad múltiple entre poblaciones vecinas y afines que tendrían además relaciones de diverso tipo, comunitarias o comerciales; y aún dentro de estos límites se plantea siempre el problema de un posible antagonismo entre comunismo y libertad, puesto que, incluso existiendo un sentimiento que favorecido por la acción económica impulsa a los hombres hacia la hermandad y la solidaridad consciente y voluntaria, y que nos inducirá a propugnar y practicar el mayor comunismo posible, creo que así como el completo individualismo sería antieconómico e imposible, también sería ahora imposible y antilibertario el completo comunismo, sobre todo si se extiende a un territorio vasto.
Para organizar en gran escala una sociedad comunista sería necesario transformar radicalmente toda la vida económica: los modos de producción, de intercambio y de consumo; y esto sólo se podría hacer gradualmente, a medida que las circunstancias objetivas lo permitieran y la masa fuera comprendiendo las ventajas de tal sistema y supiese manejarlo por sí misma. Si en cambio se quisiese, y se pudiese, proceder de golpe por la voluntad y la preponderancia de un partido, las masas, habituadas a obedecer y servir, aceptarían el nuevo modo de vida como una nueva ley impuesta por un nuevo gobierno, y esperarían que un poder supremo impusiese a cada uno el modo de producir y midiese su consumo. Y el nuevo poder, al no saber o no ser capaz de satisfacer las necesidades y deseos inmensamente variados y a menudo contradictorios, y no queriendo declararse inútil y proceder a dejar a los interesados la libertad de actuar como deseen y puedan, reconstruiría un Estado, fundado como todos los Estados en la fuerza militar y policial, Estado que, si lograse durar, sólo equivaldría a sustituir los viejos patrones por otros nuevos y más fanáticos. Con el pretexto, y quizás con la honesta y sincera intención de regenerar el mundo con un nuevo Evangelio, se querría imponer a todos una regla única, se suprimiría toda libertad, se volvería imposible toda iniciativa; y como consecuencia tendríamos el desaliento y la parálisis de la producción, el comercio clandestino o fraudulento, la prepotencia y la corrupción de la burocracia, la miseria general y, en fin, el retorno más o menos completo a las condiciones de opresión y explotación que la revolución se proponía abolir.
La experiencia, rusa no debe haber ocurrido en vano.
En conclusión, me parece que ningún sistema puede ser vital Y liberar realmente a la humanidad de la atávica servidumbre, si no es fruto de una libre evolución.
Las sociedades humanas, para que sean convivencia de hombres libres que cooperan para el mayor bien de todos, y no conventos o despotismos que se mantienen por la superstición religiosa o la fuerza brutal, no deben resultar de la creación artificial de un hombre o de una secta. Tienen que ser resultado de las necesidades y las voluntades, coincidentes o contrastantes, de todos sus miembros que, aprobando o rechazando, descubren las instituciones que en un momento dado son las mejores posibles y las desarrollan y cambian a medida que cambian las circunstancias y las voluntades.
Se puede preferir entonces el comunismo, o el individualismo, o el colectivismo, o cualquier otro sistema imaginable y trabajar con la propaganda y el ejemplo para el triunfo de las propias aspiraciones; pero hay que cuidarse muy bien, bajo pena de un seguro desastre, de pretender que el propio sistema sea único e infalible, bueno para todos los hombres, en todos los lugares y tiempos, y que se lo deba hacer triunfar con métodos que no sean la persuasión que resulta de la evidencia de los hechos.
Lo importante, lo indispensable, el punto del cual hay que partir es asegurar a todos los medios que necesitan para ser libres.

La organización

La organización, que por lo demás es sólo la práctica de la cooperación y de la solidaridad, es condición natural y necesaria de la vida social: constituye un hecho ineluctable que se impone a todos, tanto en la sociedad humana en general como en cualquier grupo de personas que tengan un fin común que alcanzar.
Como el hombre no quiere ni puede vivir aislado, más aún, no puede llegar a ser verdaderamente hombre y satisfacer sus necesidades materiales y morales sino en la sociedad y con la cooperación de sus semejantes, ocurre fatalmente que quienes no poseen los medios o la conciencia bastante desarrollada para organizarse libremente con los que tienen comunidad de intereses y de sentimientos, sufren la organización construida por otros individuos, generalmente constituidos en clase o grupo dirigente con el fin de explotar para su propio beneficio el trabajo de los demás. Y la opresión milenaria de la masa por parte de un pequeño número de privilegiados ha sido siempre la consecuencia de la incapacidad de la mayor parte de los individuos para ponerse de acuerdo y organizarse con los otros trabajadores para la producción, el disfrute y la eventual defensa contra quienes quisieran explotarlos u oprimirles.
Para remediar este estado de cosas surgió el anarquismo...
Hay dos fracciones entre quienes reivindican, con adjetivos variados o sin ellos, el nombre de anarquistas: Los partidarios y los adversarios de la organización.
Si no podemos llegar a ponernos de acuerdo, tratemos por lo menos de entendernos.
Y ante todo distingamos, porque la cuestión es triple: La organización en general como principio y condición de vida social, hoy y en la sociedad futura; la organización del partido anarquista; y la organización de las fuerzas populares y, especialmente, de la de las masas trabajadoras para la resistencia contra el gobierno y el capitalismo...
Y el error fundamental de los anarquistas adversarios de la organización consiste en creer que no puede haber organización sin autoridad, por lo cual prefieren, admitida esta hipótesis, renunciar más bien a cualquier tipo de organización antes que aceptar la más mínima autoridad.
Ahora bien, parece cosa evidente que la organización, es decir, la asociación con un fin determinado y con las formas y medios necesarios para ese fin, resulta algo imprescindible para la vida social. El hombre aislado no puede vivir ni siquiera la vida del bruto: es impotente, salvo en las regiones tropicales y cuando la población es excesivamente escasa, para procurarse el alimento; y lo es siempre, sin excepciones, para elevarse a una vida que sea un poco superior a la de los demás animales. Debiendo entonces unirse con los otros hombres, más aún, encontrándose unido con ellos como consecuencia de la evolución anterior de la especie, el hombre debe sufrir la voluntad de los demás (ser esclavo), o imponer su propia voluntad a los otros (ser la autoridad), o vivir con los demás en fraternal acuerdo con miras al mayor bien de todos (ser un asociado). Nadie puede eximirse de esta necesidad; y los antiorganizadores más excesivos no sólo sufren la organización general de la sociedad en que viven, sino también en los actos voluntarios de su vida, e incluso en su rebelión contra la organización se unen, se dividen el trabajo, se organizan con aquellos con los que están de acuerdo y utilizan los medios que la sociedad pone a su disposición.
Admitida como posible la existencia de una colectividad organizada sin autoridad, es decir, sin coacción -y para los anarquistas es necesario admitirlo porque en caso contrario el anarquismo no tendría sentido-, pasamos a hablar de la organización del partido anarquista.
También en este caso la organización nos parece útil y necesaria. Si partido significa un conjunto de individuos que tienen un fin común y se esfuerzan por alcanzarlo, es natural que se entiendan, unan sus fuerzas, se dividan el trabajo y tomen todas las medidas que juzguen aptas para llegar a aquel fin. Permanecer aislados actuando o queriendo actuar cada uno por su cuenta sin entenderse con los demás, sin prepararse, sin unir en un haz potente las débiles fuerzas de los individuos, significa condenarse a la impotencia, malgastar la propia energía en pequeños actos sin eficacia y muy pronto perder la fe en la meta y caer en la completa inacción...
Un matemático, un químico, un psicólogo, un sociólogo pueden decir que no tienen programa o que no tienen el de buscar la verdad: Quieren conocer, no quieren hacer algo. Pero el anarquismo y el socialismo no son ciencias: Son propósitos, proyectos que los anarquistas y los socialistas desean poner en práctica y que por ello tienen necesidad de ser formulados en programas determinados.
Si es cierto que [la organización crea jefes], es decir, si es cierto que los anarquistas son incapaces de reunirse y no ponerse de acuerdo entre sí sin someterse a ninguna autoridad, esto quiere decir que son aún muy poco anarquistas y que antes de pensar en establecer el anarquismo en el mundo deben pensar en volverse capaces ellos mismo de vivir anárquicamente. Pero el remedio no residiría ya en la organización, sino en la acrecentada conciencia de los miembros individuales...
Tanto en las sociedades pequeñas como en las grandes, aparte de la fuerza bruta, que no tiene nada que ver con nuestro caso, el origen y la justificación de la autoridad reside en la desorganización social. Cuando una colectividad tiene una necesidad y sus miembros no saben organizarse espontáneamente y por sí mismos para atenderla, surge alguien, una autoridad, que satisface esa necesidad sirviéndose de las fuerzas de todos y dirigiéndolas a su voluntad. Si las calles son inseguras y el pueblo no sabe solucionar el problema, surge una policía que, por algún servicio que presta, se hace soportar y pagar, y se impone y tiraniza. Si hay necesidad de un producto, y la colectividad no sabe entenderse con los productores lejanos para hacérselo enviar a cambio de productos del país, surge el mercader que medra con la necesidad que tienen unos de vender y los otros de comprar, e impone los precios que él quiere a los productores y a los consumidores.
Ved lo que ha sucedido siempre entre nosotros: Cuanto menos organizados estamos tanto más nos encontramos a discreción de algún individuo. Y es natural que así sea...
De modo que la organización, lejos de crear la autoridad es el único remedio contra ella y el solo medio para que cada uno de nosotros se habitúe a tomar parte activa y consciente en el trabajo colectivo y deje de ser instrumento pasivo en manos de los jefes...
Pero una organización, se dice, supone la obligación de coordinar la propia acción y la de los otros, y por lo tanto viola la libertad, traba la iniciativa. A nosotros nos parece que lo que verdaderamente elimina la libertad y hace imposible la iniciativa es el aislamiento que vuelve a los hombres impotentes. La libertad no es el derecho abstracto sino la posibilidad de hacer una cosa: Esto es cierto entre nosotros como lo es en la sociedad general. Es en la cooperación de los otros hombres donde el hombre encuentra los medios para desplegar su actividad, su poder de iniciativa.
Una organización anarquista debe fundarse, a mi juicio, sobre la plena autonomía, sobre la plena independencia, y por lo tanto la plena responsabilidad de los individuos y de los grupos; el libre acuerdo entre los que creen útil unirse para cooperar con un fin común; el deber moral de mantener los compromisos aceptados y no hacer nada que contradiga el programa aceptado. Sobre estas bases se adoptan luego las formas practicas, los instrumentos adecuados para dar vida real a la organización. De ahí los grupos, las federaciones de grupos, las generaciones de federaciones, las reuniones, los congresos, los comités encargados de la correspondencia o de otras tareas. Pero todo esto debe hacerse libremente, de modo de dar mayor alcance a los esfuerzos que, aislados, serían imposibles o de poca eficacia.
Así los congresistas en una organización anarquista, aunque adolezcan como cuerpos representativos de todas las imperfecciones... están exentos de todo autoritarismo porque no hacen leyes, no imponen a los demás sus propias deliberaciones. Sirven para mantener y aumentar las relaciones personales entre los compañeros más activos, para sintetizar y fomentar los estudios programáticos sobre las vías y medios de acción, para hacer conocer a todos las situaciones de las diversas regiones y la acción que más urge en cada una de ellas, para formular las diversas opiniones corrientes entre los anarquistas y hacer de ellas una especie de estadística -y sus decisiones no son reglas obligatorias, sino sugerencias, consejos, propuestas que deben someterse a todos los interesados y no se vuelven obligatorias, ejecutivas, sino para quienes las aceptan y mientras las acepten-. Los órganos administrativos que ellos nombran -comisión de correspondencia, etcétera- no tienen ningún poder directivo, no toman iniciativas sino por cuenta de quien solicita y aprueba asas iniciativas, y no tienen ninguna autoridad para imponer sus propios puntos de vista, que ellos pueden por cierto sostener y difundir como grupos de compañeros, pero no pueden presentar como opiniones oficiales de la organización. Ellos publican las resoluciones de los congresos y las opiniones y las propuestas que grupos e individuos se comunican entre sí; y sirven, para quien quiera utilizarlos, para facilitar las relaciones entre los grupos y la cooperación entre quienes están de acuerdo sobre las diversas iniciativas:
Todos están en libertad, si les parece, de mantener contacto directo con cualquiera, o de servirse de otros comités nombrados por agrupamientos especiales.
En una organización anarquista todos los miembros pueden expresar todas las opiniones y emplear todas las técnicas que no estén en contradicción con los principios aceptados y no dañen la actividad de los demás. En todos los casos una determinada organización dura mientras las razones de unión sean superiores a las de disenso: En caso contrario se disuelve y deja su lugar a otros agrupamientos más homogéneos.
Por cierto, la duración, la permanencia de una organización es condición del éxito en la larga lucha que debemos librar, y por otro lado es natural que todas las instituciones aspiren por instinto, a durar indefinidamente. Pero la duración de una organización libertaria debe ser consecuencia de la afinidad espiritual de sus componentes y de la adaptabilidad de su constitución a los continuos cambios de las circunstancias: Cuando ya no es capaz de cumplir una función útil es mejor que muera.
“Nos sentiríamos por cierto felices si pudiéramos todos ponernos de acuerdo y unir todas las fuerzas del anarquismo en un movimiento, etcétera...
Es mejor estar desunidos que mal unidos. Pero querríamos esperar que cada individuo se uniera con sus amigos y que no existieran fuerzas aisladas, o fuerzas desperdiciadas”.
Nos falta hablar de la organización de las masas trabajadoras para la resistencia contra el gobierno y contra los patrones... Los trabajadores no podrán emanciparse nunca mientras no encuentren en la unión la fuerza moral, la fuerza económica y la fuerza física que es necesaria para derrotar a la fuerza organizada de los opresores.
Ha habido anarquistas, y los hay todavía por lo demás, que aún reconociendo... la necesidad de organizarse hoy para la propaganda y la acción, se muestran hostiles a todas las organizaciones que no tengan como objetivo directo el anarquismo y no sigan métodos anarquistas... A esos compañeros les parecía que todas las fuerzas organizadas para un fin que no fuera radicalmente revolucionario eran fuerzas sustraídas a la revolución. A nosotros nos parece, en cambio, y la experiencia nos ha dado ya lamentablemente razón, que este método condenaría al movimiento anarquista a una perpetua esterilidad.
Para hacer propaganda hay que encontrarse en medio de la gente, y es en las asociaciones obreras donde los trabajadores encuentran a sus compañeros y en especial a aquellos que están más dispuestos a comprender y a aceptar nuestras ideas. Pero aunque se pudiese hacer fuera de las asociaciones toda la propaganda que se quisiera, ésta no podría tener efecto sensible sobre la masa trabajadora. Aparte de un pequeño número de individuos, más decididos y capaces de reflexión abstracta y de entusiasmos teóricos, el trabajador no puede llegar de golpe al anarquismo. Para llegar a ser anarquista en serio, y no solamente de nombre, es necesario que el trabajador empiece a sentir la solidaridad que lo vincula con sus compañeros, que aprenda a cooperar con los demás en la defensa de los intereses comunes, y que al luchar contra los patrones y el gobierno que los sostiene, comprenda que los patrones y los gobiernos son parásitos inútiles y que los trabajadores podrían conducir por sí mismos la economía social. Y cuando ha comprendido esto es anarquista aunque no lleve ese nombre.
Por lo demás, favorecer las organizaciones populares de todas clases es consecuencia lógica de nuestras ideas fundamentales, y debería por lo tanto formar parte de nuestro programa.
Un partido autoritario, que trata de apoderarse del poder para imponer sus propias ideas, tiene interés en que el pueblo siga siendo una masa amorfa, incapaz de obrar por si mismo y, por lo tanto siempre fácil de dominar, y por ello lógicamente ese partido no debe desear más que la pequeña cantidad de organización que necesita para llegar al poder y sólo la de ese tipo: organización electoral, si desea llegar por medios legales; organización militar, si confía, en cambio, en una acción violenta.
Pero nosotros los anarquistas no podemos emancipar al pueblo; queremos que el pueblo se emancipe. No creemos en el bien que viene de lo alto y se impone por la fuerza; queremos que el nuevo modo de vida social surja de las vísceras del pueblo y corresponda al grado de desarrollo alcanzado por los hombres y pueda progresar a medida que éstos progresan. A nosotros nos importa, por lo tanto, que todos los intereses y todas las opiniones encuentren en una organización consciente la posibilidad de hacerse valer y de influir sobre la vida colectiva en proporción a su importancia.

Nosotros nos hemos fijado la tarea de luchar contra la actual organización social y de abatir los obstáculos que se opongan al advenimiento de una nueva sociedad en la cual estén asegurados la libertad y el bienestar para todos. Para conseguir este fin nos unimos en un partido y tratamos de ser cada vez más numerosos y lo más fuertes que sea posible. Pero si lo único organizado fuera nuestro partido, si los trabajadores permanecieran aislados como otras tantas unidades indiferentes entre sí y sólo vinculados por la cadena común, si nosotros mismos, aparte de estar organizados en un partido en tanto somos anarquistas, no lo estuviésemos con los trabajadores en tanto somos trabajadores, no podríamos lograr nada, o, en el más favorable de los casos, sólo podríamos imponernos... y entonces ya no sería el triunfo del anarquismo, sino nuestro triunfo. Entonces, por más que nos llamáramos anarquistas, en realidad sólo seríamos simples gobernantes, y resultaríamos impotentes para el bien, como lo son todos los gobernantes.

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