miércoles, 15 de octubre de 2014

Rudolf Rocker: El socialismo como anti-absolutismo - Por Ángel J. Cappelletti

 Rudolf Rocker: El socialismo como anti-absolutismo -  Por Ángel J. Cappelletti


Rudolf Rocker, una de las figuras más activas del anarcosindicalismo alemán en la primera mitad de nuestro siglo, fue también un brillante escritor y pensador. Muy pocas veces se ha logrado un análisis tan serio y profundo de la ideología y la actitud nacionalistas como el que él llevó a cabo en su gran obra Nacionalismo y cultura.
Nacido en Maguncia en 1873, huérfano desde muy niño, internado en un asilo y sometido luego al duro aprendizaje de un oficio manual, obtuvo muy poco de sus maestros y casi puede afirmarse que no recibió educación formal alguna. Grumete, zapatero, hojalatero, sastre, tonelero, talabartero, carpintero, recaló, al fin, en un pequeño taller de encuadernación donde comenzó a almacenar ávidamente en su cerebro los libros que sus manos aparejaban para otros.
El primer contacto con el socialismo lo hizo, como casi todos los proletarios alemanes de su época, a través de las ideas y organizaciones marxistas. Conoció en su incipiente militancia a algunos de los principales jefes de la socialdemocracia: August Bebel y Wilhelm Liebknecht. Del primero dice en La juventud de un rebelde, que «no sólo era un orador brillante, sino que era también un orador nato, pues había en él aquel cierto algo que no se puede enseñar ni aprender»; del segundo, que también «era un orador hábil y experimentado».
Sin embargo, no deja de advertir que cuando Liebknecht hablaba «lo hacía siempre con una seguridad de juicio que excluía toda contradicción» y que «era ante todo hombre de partido y casi sólo hombre de partido». Su impresión personal de Bebel es mejor, ya que lo considera «amable y atento para todos», pero tampoco pasa por alto la dualidad que en él encuentra entre el revolucionario de mítines y asambleas y el moderado reformista del Reichstag.
Pero, como dice Diego Abad de santillán, «tuvo la suerte de entrar pronto en relación con el movimiento berlinés de oposición al dogmatismo y a la rigidez de los jerarcas socialdemócrátas, que tenían por divinidad suprema a Marx y por único profeta a Engels». Una de las cosas que los opositores de la socialdemocracia reprocharon por entonces a los jefes del partido y a los miembros de su fracción parlamentaria fue que hubiesen impedido «por propia decisión la fiesta del Primero de Mayo en Alemania», según dice el propio Rocker en La juventud de un rebelde.



Hacia aquellos días conoció también los escritos de Bakunin y la actividad revolucionaria de Johann Most y se relacionó con los jóvenes heterodoxos del socialismo berlinés, entre los cuales se encontraba Bruno Wille, el futuro autor de Die Religion der Fraude (1898) y Gemeinschaftsgeist und personlichkeit (1902); y Gustav Landauer, el más profundo de los pensadores libertarios alemanes.

En 1893 sus actividades socialistas —ya claramente orientadas hacia el anarquismo— se hicieron muy peligrosas para él, y se vio obligado a emigrar a Francia, donde participó en las luchas del movimiento obrero, conoció al sabio geógrafo Reclus y a otras figuras sobresalientes del mundo socialista. Pero, obligado nuevamente por la reacción, tuvo que emigrar por segunda vez y en 1895 se encontraba ya en Inglaterra. Allí permaneció hasta fines de la Primera Guerra Mundial.
En el segundo tomo de su autobiografía, titulado significativamente En la borrasca, narra con admirable vivacidad y equilibrada mesura, aquellas dos décadas de vida dedicadas íntegramente a la propaganda, a la acción sindical, a la educación de la clase obrera. Si alguna vez tuvo sentido hablar de «realismo socialista» (un realismo impregnado por cierto del más vivo idealismo), es en el caso de estas «Memorias» del gran sindicalista alemán.
«Se admira uno de la resistencia física de Rocker para sobrellevar la tarea intensa de esos veinte años sin desfallecer, sin perder la fe en sí mismo y en la humanidad. El vigor de su juventud y el ansia de saber y de enseñar lo que sabía le hicieron superar los escollos del camino espinoso. Su repugnancia instintiva contra todo autoritarismo, contra todo dogmatismo, le salvó del naufragio y de toda tentación bastarda. Era ya un hombre libre, un verdadero amante de la libertad en el campo social, religioso, político, racial», dice Diego Abad de Santillán.
En Londres se vinculó primero con los exiliados socialistas alemanes y con el Kommunistische Arbeiter-Bildungs-Verein, que tenía su sede en el Grafton Hall, donde se le confió el ordenamiento de la vieja biblioteca, rica en valiosos documentos para la historia del socialismo y del movimiento obrero. Allí conoció a Louise Michel, a Errico Malatesta y a Pietro Gori. De la primera dice que «poseía el carácter de un apóstol, tan hondamente persuadido de la justicia de su causa, que no pudo adaptarse a las menores concesiones a la injusticia». Sobre el segundo escribe: «Me lo había imaginado siempre un hombre de talla gigantesca, como Bakunin. Mi sorpresa no fue pequeña cuando vi ante mí a un hombre bajo, algo flaco, cuya apariencia física no correspondía de ningún modo a mis presentimientos. Sin embargo, aun cuando Malatesta no era el gigante que había creado mi imaginación, su rostro de finos contornos, expresivo, causó una profunda impresión en mí. La soberbia cabeza con el negro cabello frondoso y los ojos vivos, chispeantes, de los que irradiaba tanta bondad de corazón como energía indomable, hacía que fuese inolvidable para el que le ha visto una vez. El rostro pálido, cuya expresión varonil era realzada más aún por la corta y tupida barba, mostraba decisión tranquila y una rica vida espiritual interior. Se sentía a la primera mirada la energía secreta de una personalidad de gran aliento, que no se perdía nunca en cuestiones accesorias y tenía siempre en vista un gran objetivo». De Pietro Gori dice que «era, sin duda, uno de los oradores más poderosos que ha producido Italia» y que «su fino talento poético le permitía formar imágenes de belleza perfecta, que daban a sus manifestaciones ingeniosas un encanto irresistible y que se grababan profundamente en el alma».



En los primeros tiempos de su vida londinense, se dedicó Rocker a conocer también la gigantesca y oscura ciudad, y en especial sus enormes «ghettos» de miseria («el estrecho hormiguero callejero entre Hackney y Bethnal Green, Shoreditch y Whitechapel, los lugares de la más profunda pobreza en torno a Limehouse y a Shadwell, la zona desconsolada que se agrupa en torno a las instalaciones portuarias de Londres y, al otro lado del Támesis, los distritos lóbregos de Lambeth, Deptford, etc.»). Adecuado prolegómeno a sus años de lucha en pro de las clases desposeídas es el espectáculo de la profunda miseria en la metrópoli imperial: «Había entonces en Londres muchos millares de seres que nunca habían dormido en una cama y que se acurrucaban por la noche en algún rincón sucio donde la policía no podía estorbarles. He visto con mis propios ojos millares de seres humanos que apenas podían ser juzgados tales y que no eran capaces de un trabajo ordenado cualquiera. Seres increíblemente andrajosos, cubiertos de harapos sucios que no ocultaban ninguna desnudez, seres humanos llenos de piojos, de suciedad, víctimas del hambre eterna, que revolvían codiciosamente los desperdicios semipodridos que quedaban después del cierre de los mercados para obtener un bocado. He recorrido callejas y callejuelas sucias, con las fachadas de las casas semiderruidas, tan tristes y tétricas que ninguna pluma sería capaz de trazar un cuadro exacto del espanto gris que hacía en ella sus círculos tenebrosos. Y en esos infiernos de la pobreza y de la pálida penuria nacían niños, vivían seres humanos consumidos por las privaciones, quebrantados antes de tiempo por la tortura infinita y eludidos por todos los otros estratos de la sociedad como una horda de leprosos y de marcados por el destino». Durante estas excursiones por el Londres tenebroso se puso en contacto con los obreros judíos de la parte oriental, predominantemente anarquistas, con quienes había de colaborar luego durante largos años.
Cuando en julio de 1896 se reunió en Londres el Congreso Obrero Socialista Internacional (del cual fueron excluidos por cierto los anarquistas), tuvo Rocker ocasión de conocer personalmente a Kropotkin y Landauer, dos de los pensadores que más influyeron en su vida militante y en su obra. También conoció en aquella oportunidad al Dr. Max Nettlau, especialista en dialectología céltica y en historia del anarquismo, a quien había de consagrar más tarde un volumen biográfico. En el seno del movimiento obrero judío y del grupo Arbeiterfreund encontró Rocker a la que había de ser su compañera de toda la vida, Milly Witkop, inmigrante ucraniana y activa militante anarquista.



Sin conocer casi nada de yídish se convirtió pronto en redactor principal del periódico de los obreros libertarios judíos, el Arbeiterfreund, temporalmente suspendido, pero que contaba ya con doce años de antigüedad. Desde octubre de 1898 hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, hizo conocer a dicho órgano y, con él, a toda la prensa obrera anarquista de Inglaterra, su más brillante, combativo y fructífero período.
En un momento económicamente difícil, el periódico fue sustituido por el quincenario Germinal, subtitulado «Órgano de la concepción anarquista del mundo». Acerca de la posición ideológica allí defendida, dice el propio Rocker: «Aunque estaba muy próximo a las ideas de Kropotkin, ya entonces era para mí bastante claro que las adjetivaciones usuales, mutualista, colectivista o comunista, sólo tenían una significación subordinada. Lo que importaba ante todo era educar a los hombres para la libertad y alentarles a la creación y al pensamiento propios. Todas las hipótesis económicas para el futuro, que tenían que ser probadas primero por experiencias prácticas, eran buenas mientras aseguraran al hombre el producto de su trabajo y tuviesen en vista una transformación social de la vida, en la que se ofreciese al individuo la posibilidad de desarrollar libremente sus aptitudes naturales, sin ser influidos por disposiciones rígidas y dogmas vacíos. Mi más íntima convicción me decía que el anarquismo no puede ser interpretado como un sistema cerrado ni como una solución para el milenio venidero, que tiene la libertad como condición previa en todos los dominios de la acción y del pensamiento humanos y justamente por eso no puede estar ligado a directivas rígidas e inalterables. Por esta razón sus aspiraciones son ilimitadas y no pueden ser encerradas en un programa determinado ni ser prescriptas como reglas fijas del porvenir». De la revista Germinal se seleccionaron luego los ensayos que aparecieron más tarde en Buenos Aires, traducidos al español por Salomón Resnick, con el título de Artistas y rebeldes (1922).
Al sobrevenir en el movimiento obrero judío una grave crisis, originada de una parte por la desocupación y la emigración forzosa; de otra, por la escisión del grupo Freiheit, Rocker se trasladó a Leeds, donde con la cálida ayuda del grupo local continuó publicando Germinal. Su actividad como propagandista, como orador, y como organizador se extendió de los grupos judíos (donde siempre estuvo, sin embargo, centrada) a otros círculos, ya continentales, ya ingleses. Al retornar, un año después, a Londres, donde «se había roto realmente el hechizo, y la crisis interna que había paralizado casi dos años el movimiento obrero judío, fue felizmente vencida», reinició la publicación del Arbeiterfreund, al mismo tiempo que la labor de organización obrera y de educación general.
Rocker, que más tarde escribiría La maldición del practicismo, no entendía la militancia anarquista como adoctrinamiento ni como mera propaganda. Creía que elevar el nivel cultural de los obreros constituye de por sí una tarea revolucionaria; estaba convencido de que la belleza y la verdad son siempre factores de liberación humana.
«La insuficiencia irritante del orden económico vigente para las grandes masas del pueblo y la injusticia notoria en numerosos dominios de nuestra vida política y social, no son ninguna medida de nuestra cultura como tal. Lo que la civilización humana ha creado en valores intelectuales y sociales en el curso de los tiempos, no se puede juzgar exactamente más que en su totalidad. Ha ensanchado nuestro saber en una proporción que apenas se puede abarcar y ha atestiguado en todos los dominios del pensamiento humano conquistas que son imperecederas. Lo que ha producido el espíritu del hombre en el reino de la ciencia, del arte, de la literatura y en todos los dominios de la creación estética y filosófica, es y permanece una posesión cultural nuestra y de las futuras generaciones. Aquí está el punto natural de conexión para todo desarrollo social ulterior, el puente que conduce desde el pasado al futuro. El hecho de que a causa de las condiciones económicas existentes millones de hombres apenas estén hoy en condiciones de hacer uso de las mejores conquistas de la vida cultural, no es menos deplorable que la circunstancia de que, a pesar de la elevada capacidad productiva de los modernos métodos de trabajo, no puedan hallar ninguna seguridad para su existencia material y tengan que contentarse siempre con las migajas de la mesa de la vida. Por eso justamente, el problema de nuestro tiempo no es un simple problema económico sino un asunto que abarca todos los dominios de la vida cultural. No sólo hay un hambre del cuerpo, sino también un hambre del espíritu y del alma que exige sus derechos. Llevar esto a la conciencia de los seres humanos es la tarea principal de una propaganda que se apoye en la educación de las masas y enseñe a pensar, no sólo con el estómago, sino también a tener presentes las aspiraciones de la vida y a apropiarse de los bienes intelectuales de la cultura, lo que siempre es posible».


La labor de Rocker entre los obreros judíos de Londres, que algunos consideraron insólita para un alemán que no tenía ninguna ascendencia hebrea, es una prueba más de su auténtico internacionalismo socialista y libertario. He aquí cómo él mismo se expresa en sus Memorias sobre este hecho: «Pero tengo que agradecer todavía otra gran experiencia en mi actividad de entonces, que no quiero silenciar, como no judío, para provecho y edificación de aquellos que han metido la cuchara en las ollas de la llamada teoría racial o que no pudieron vencer nunca los prejuicios artificialmente implantados frente a los judíos. Tengo que dejar sentado aquí que no existe nada para lo cual el llamado espíritu judío no sea tan receptivo o que reaccione de otro modo a como reacciona el espíritu de otros pueblos, si es que se puede hablar de un espíritu de los pueblos en general. He vivido veinte años en el ghetto, he tenido relaciones diarias con trabajadores judíos, he conocido sus dolores y privaciones, he tomado parte incansablemente en sus luchas por el pan cotidiano, he despertado su anhelo, he compartido sus alegrías y esperanzas y estuve con ellos como un igual sobre la misma base. He empleado los mejores años de mi vida en estimular su cultura intelectual, en fortalecer su voluntad y encender su resistencia contra la arbitrariedad y la tiranía... Su amistad, su ligazón interior, su confianza ilimitada son para mí la más hermosa recompensa y serán siempre un recuerdo luminoso, especialmente hoy, cuando ha llegado el otoño de mi vida y se ciernen sobre mí las sombras de la noche».
Su testimonio resulta particularmente significativo por sintetizar una visión teórica, basada en sólidos y extensos conocimientos históricos y filosóficos-sociales, con una prolongada asiduidad y un largo trato personal: «Si quisiera reunir brevemente mis experiencias personales con personas de origen judío, sólo podría decir que no he encontrado en ellas ninguna cualidad que no se encontrase también en los descendientes de otros pueblos. La burda afirmación de que el judío representa una posición singular entre todos los demás pueblos, no es más que yerma habladuría, que no tiene por base ninguna experiencia auténtica, sino sólo el prejuicio ciego. Los representantes de esas chistosas nociones no comprenden el testimonio lamentable de pobreza que con ello ofrecen. Si fuese realmente verdad que una minoría insignificante es responsable de todos los males del mundo, entonces la gran mayoría de la raza humana no merecería mejor destino. Débiles de espíritu que se persuaden seriamente de que son las víctimas indefensas de un pequeño grupo humano disperso por el mundo, sólo demuestran su propia incapacidad y su minoría de edad intelectual». Ya en 1903, en ocasión del pogromo de Kishinev, organizó Rocker un gran mitin de protesta en Hyde Park, y su lucha contra el antisemitismo, que alcanzó lógicamente su clímax con el genocidio perpetrado por los nazis, se prolongó hasta el fin de sus días.
Particular importancia, desde el punto de vista obrero y sindical, adquirió la lucha promovida luego por Rocker contra el llamado «sweating system», por el cual se establecía una cadena de explotación, donde los grandes comerciantes obligaban a los pequeños empresarios a una cruel competencia mutua, mientras éstos explotaban a sus obreros, los cuales, a su vez, acicateaban a los auxiliares (generalmente inmigrantes recién llegados). En 1906 el movimiento obrero libertario judío inauguró su club en un edificio propio de Jubilee Street, gracias, en gran parte, al esfuerzo de Rocker. Al año siguiente acudió Rocker, en representación del movimiento judío, al Congreso de Amsterdam, donde quedó fundada, con intervención de delegados de casi todos los países, la Internacional Anarquista.



Hallándose en 1909 en París, donde había sido invitado para dictar un cursillo de conferencias sobre temas artístico-literarios, participó en un mitin de protesta por el monstruoso proceso al que la reacción monárquico-clerical española había sometido a Francisco Ferrer y Guardia, el fundador de la Escuela Moderna. Fue por eso expulsado de Francia.
Aún en Inglaterra arreció por entonces la campaña anti-anarquista, con ocasión del caso de Houndsditch, en que tres letones, a quienes se vinculó con el anarquismo, mataron durante un asalto a varios policías. Inclusive algunos periódicos socialistas, como el Justice, llegaron en 1911 a acusar a Emma Goldman de espía del zarismo. En 1912 estalló en Londres una gran huelga de la industria textil, que, según palabras del mismo Rocker, «se convirtió rápidamente en una de las luchas más enconadas por mejores salarios». Iniciada en la parte occidental por obreros ingleses y de diferentes nacionalidades, tuvo pronto, gracias a la decidida acción de Rocker, el apoyo de los miles de trabajadores judíos de la parte oriental, que se plegaron a ella. La pelea no careció de altibajos y de dramáticas vicisitudes; duró varias semanas, pero al fin concluyó con una completa victoria de los obreros. «La gran huelga de 1912 no sólo dio a los trabajadores judíos grandes beneficios materiales, sino que creó por primera vez las verdaderas condiciones para un trabajo ordenado; pero al mismo tiempo, la intervención viril y decidida de los obreros judíos en esa lucha difícil les atrajo el respeto de sus colegas ingleses, respeto que no podría ser ya conmovido por nada». Cuando hacia esa misma época, Malatesta fue condenado por haber querido desenmascarar a un espía de la policía italiana, Rocker organizó un Malatesta Defense Comitee, cuya decidida acción (que incluyó la organización de dos grandes manifestaciones), logró que el gobierno inglés no desterrara, como se temía, al luchador libertario.
En el año 1914 emprendió Rocker su primer viaje a Canadá y Estados Unidos. Invitado por los compañeros de Montreal para realizar una gira de propaganda, recorrió el vasto territorio norteamericano, celebró reuniones y dio conferencias en Montreal, en Ottawa, en Toronto, en Winnipeg, en Chicago, en London (Ontario), en Hamilton, y en Quebec, no sin hacer una visita a las cataratas del Niágara y otra a Waldheim, el cementerio alemán donde reposan los restos de los mártires de Chicago. Las charlas y conferencias obtuvieron gran éxito y durante el viaje tuvo la alegría de reencontrar a muchos viejos amigos y compañeros de Londres y de otros lugares. El día 3 de junio, en las últimas horas de la tarde, se hallaba de regreso en Liverpool.



Al estallar la Primera Guerra Mundial, Rocker fue detenido en Londres como alemán y súbdito de una potencia enemiga. La libre Inglaterra vivía en aquellos días una histeria anti-germánica, que condujo, entre otras cosas, a la internación de millares de pacíficos ciudadanos alemanes en grandes campos de concentración.
Lo que más le dolió a Rocker no fue, sin embargo, el hecho mismo de la privación de su libertad, sino la tremenda defección del movimiento obrero y socialista en todos los países beligerantes frente al problema de la guerra. «Los movimientos socialistas y obreros de Europa habían abdicado y se habían entregado dócilmente a los respectivos amos nacionales. Apenas un diputado socialdemócrata, Karl Liebknecht, intentó salvar el honor. Había terminado un capítulo de la historia del socialismo y Rocker vio claramente entonces ya que el nacionalismo era incompatible con la paz, con la solidaridad humana, con el socialismo, con la cultura que son fruto de la libertad y solamente pueden prosperar en ella», comenta Diego Abad de Santillán. De más está decir que Rocker no se dejó abatir por la prisión, y que desarrolló en ella una labor más educativa que propagandística, a través de docenas de conferencias, pero, sobre todo, a través del ejemplo cotidiano.
En marzo de 1918, próximo ya el fin de la guerra, fue liberado y enviado a Holanda, desde donde debía pasar a Alemania. Pero el agonizante Imperio no olvidaba: le negó la entrada so pretexto de que, al permanecer más de diez años fuera del país, sin inscribirse en ningún consulado alemán, había perdido la ciudadanía. Se vio obligado a volver a Holanda.


En Tilversum fue huésped del viejo militante Domela Nieuwenhuis, que «había previsto la guerra hacía mucho tiempo y predicho también en el Congreso de la Segunda Internacional en Bruselas (1891), que la paz armada y la loca competencia armamentista de los Estados tenían que conducir ineludiblemente a una catástrofe espantosa de incalculable alcance, si el proletariado de todos los países no reconocía a tiempo el peligro y no se preparaba para una acción en contra de esas amenazas».



En noviembre de 1918 puede, al fin, regresar a Alemania, junto con su mujer y su hijo. Kater, el presidente de la Freie Vereinigung Deutscher Gewerkschaften, lo hospeda en Berlín. Con un entusiasmo que las tristes condiciones de posguerra y las poco alentadoras perspectivas del movimiento obrero no consiguen entibiar, se lanza otra vez a la tarea de organizar un movimiento sindical revolucionario y libertario. En medio de las luchas que sostenían entre sí las diversas facciones del movimiento socialista y poco antes de la insurrección espartaquista «cuya sangrienta represión suscitó en el país una impresión terrible», asiste Rocker al duodécimo congreso de la Freie Vereinigung (diciembre de 1919).
Sus ideas, nada demagógicas, acerca de la responsabilidad de los pueblos en el surgimiento de la tiranía y en el estallido de la guerra alcanzan gran resonancia en aquellos días. «Era la hora —dice Santillán— en que Alemania, cansada de la guerra, clamaba en todos los tonos: Nieder die Waffen! (¡Abajo las armas!). Rocker habló ante los obreros de la industria de los armamentos de la responsabilidad del proletariado, de la labor consciente, de la no cooperación en fines antisociales. Sí, ¡abajo las armas! Pero ¡abajo también los martillos que las forjan! No habrá más armas mortíferas cuando los sabios, los técnicos y los trabajadores se nieguen a fabricarlas». El sindicalismo revolucionario, de inspiración anarquista, logró por entonces, y en buena parte gracias a la incansable labor de Rocker, su mayor florecimiento en Alemania. En algunas regiones industriales, como en Frankfurt, llegó inclusive a constituirse en la corriente obrera mayoritaria.



Su simpatía por la República Bávara de los Consejos y, sobre todo, por algunos de sus protagonistas, como Landauer, Mühsam y Toller (asesinado el primero, condenados a quince y cinco años de prisión, respectivamente, los otros dos) corre pareja por entonces con el repudio y la creciente indignación que provocan en él los gobernantes socialistas plegados al militarismo, como Noske. Fue durante «la era nefasta» de este socialista «patriota», «que mostró a todos los gobiernos posteriores de la República alemana el camino para eludir la Constitución y sofocar todos los derechos legales, cuando el Estado se hallaba presuntamente en peligro», que Rocker fue detenido y puesto en la «Schutzhaft» (prisión preventiva) en febrero de 1920. La acusación era simplemente la de ser «el propagandista principal del movimiento sindicalista en Alemania». Durante seis semanas permaneció preso junto con su amigo Fritz Kater.
Por aquel entonces comenzó a exponer en artículos (publicados, sobre todo, en Der Syndikalist y otros órganos del movimiento obrero) y en charlas y conferencias (algunas de ellas inclusive en la Universidad de Berlín) sus ideas acerca del nacionalismo como enemigo de la cultura, elaborando así, desde entonces, el contenido de su gran obra Nacionalismo y cultura.



Al mismo tiempo que el fallido Putsch de Kapp y los avances del nacionalismo militarista lo confirman cada vez más en su convicción de que la socialdemocracia alemana no es sino un gigante con pies de barro, las noticias que llegan a Berlín desde Rusia corroboran cara vez más su temprano juicio acerca del rumbo autoritario y, en definitiva, antisocialista, que toma la revolución bolchevique. Los testimonios de Piotr Arshinov, de Emma Goldman, de Alexander Berkman, ilustran con la elocuencia de los hechos vividos su pesimismo a este respecto.
Para contrarrestar los esfuerzos bolcheviques de crear una Internacional obrera que respondiera exclusivamente a los designios e intereses del Estado soviético, Rocker y un grupo de militantes convocaron a todas las federaciones nacionales sindicalistas a un Congreso Internacional. Este Congreso, que contó con representantes de Argentina, Chile, Alemania, Holanda, México, Portugal, Francia, Suecia y España, entre otros países, sesionó en Berlín desde el 25 de diciembre de 1922 hasta el 2 de enero de 1923. De allí surgió la Asociación Internacional de Trabajadores. El secretariado internacional de la misma, elegido en el propio Congreso, estaba formado por Rudolf Rocker, Augustin Souchy y Alexander Shapiro.
La AIT pretendía constituir una organización natural de las masas, que, según el concepto bakuninista, «es una asociación que surge de las diversas determinaciones de su vida real cotidiana, de las distintas modalidades de su trabajo», o, en otras palabras, «la organización por corporaciones de oficio y secciones profesionales». Contra esta idea o, por mejor decir, contra este ideal del sindicalismo, dirigieron todas sus energías los agentes del Komintern (la Internacional Comunista). Pero, además de su labor sindical, desplegó Rocker durante la década del 20, una vasta actividad literaria y estableció múltiples contactos con refugiados y visitantes anarquistas de todos los países.
Algunos de los trabajos, destinados principalmente a combatir la idea marxista-leninista de la dictadura del proletariado, fueron recopilados y publicados en edición española con el título de Ideología y táctica del proletariado moderno (Barcelona, 1926). Pero, según recuerda Santillán, escribió también en esta época «ensayos literarios como Los seis, sobre seis caracteres centrales de la literatura mundial, Don Quijote, Hamlet, Don Juan, etc.; examinó la llamada racionalización de la industria y sus consecuencias; divulgó conocimientos sobre el socialismo constructivo, la corriente de pensamiento anterior al marxismo, calificada despectivamente como socialismo utópico, y los presentó en su esencia verdaderamente socialista; resumió una posición ponderada contra el revolucionarismo palingenésico y palabrero en el trabajo La lucha por el pan cotidiano».
Tal actividad literaria, favorecida paradójicamente a comienzos de la década del 30 por el auge de la reacción nacionalista y por lo que podría denominarse el clima pre-nazi, culminó en la gran obra de filosofía política, Nacionalismo y cultura, obra que Albert Einstein calificó de «extraordinariamente instructiva» y Thomas Mann de libro «hondo y altamente espiritual». Esta obra recién pudo ver la luz en alemán en 1949, aunque antes había sido publicada en castellano (1935-1937; 1940; 1946) y también en inglés, en holandés, en sueco, en yidish, etc.
Entre los deportados rusos, por cuya suerte tuvo que preocuparse Rocker, estuvieron V.M. Volin (autor de La revolución desconocida) y otros siete anarquistas llegados al puerto de Stettin en 1922; Maximov (autor de La guillotina en acción: Veinte años de terror en Rusia), Yarchuk, Mrachny, el célebre guerrillero ucraniano Néstor Majno, Mollie Steimer, Senya Fleshin, etc. Entre los huéspedes españoles con quienes trató Rocker por entonces en Berlín se contaban Diego Abad de Santillán, quien sería después su traductor al castellano y el gran divulgador de su obra en España; Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso, que tanto habían de destacarse durante la Guerra Civil española por su actuación al frente de las brigadas anarquistas; Ángel Pestaña, que enviado por la CNT, había viajado a Rusia, de donde retornaba profundamente desilusionado. Sofía Kropotkin, que llegó a Berlín a comienzos de 1922, le refirió muchos detalles de los últimos días de su compañero, Pedro, fallecido un año antes. Igualmente de Moscú llegaron dos jóvenes anarquistas italianos, Ugo Fedeli (Treni) y Francesco Ghezzi: Rocker debió luchar duramente junto con sus compañeros para impedir que el gobierno alemán los entregara a Italia, que los reclamaba por un presunto delito político. También recibió Rocker la visita de Armando Borghi, el secretario de la Unione Sindicale Italiana (autor después de una larga serie de obras, como Mussolini in caricia, L'Italia tra due Crispi, Mischia sociale, Errico Malatesta in 60 anni di lotte anarchiche, etc.).



En junio de 1929 viajó Rocker a Estocolmo, como representante de la AIT en el congreso anual de la organización sueca Sveriges Arbetaren Centralorganisation. Después de la celebración del Congreso, pronunció una serie de conferencias tanto en Estocolmo y localidades vecinas como en ciudades del interior del país.
En junio de 1931 la CNT española convocó a un Congreso Nacional en Madrid, al cual había de seguir, de acuerdo con el secretariado de la AIT, el IV Congreso de esta central obrera internacional. A fines de mayo, Rocker se trasladó a Madrid representando, junto con Augustin Souchy, al secretariado internacional. En agosto de aquel mismo año hizo también un breve viaje a Holanda, para asistir a la inauguración del monumento erigido a Domela Nieuwenhuis en Ámsterdam (29 de agosto). Mientras tanto, Alemania recorría a pasos acelerados el camino hacia el Tercer Reich.
Ya el gobierno de Brüning y del Partido Católico Zentrum era en realidad, según expresión del propio Rocker, «una dictadura con hoja de parra, que desembarazó el camino para la dictadura de la cruz gamada». La socialdemocracia, con su vieja historia de claudicaciones, marchaba a remolque del Partido Católico, y sus representantes «se veían forzados a aprobar todas las medidas del gobierno del Reich, por antipopulares y reaccionarias que fuesen». Brüning, sin embargo, que se burló de sus aliados socialdemócratas, acabó burlado por el círculo de Hindenburg, que lo obligó a retirarse, para colocar en su sitio a von Papen. Este, por su parte, estaba destinado a abrir directamente las puertas a Hitler. Cuando Hindenburg recibió, al fin, la dimisión de Scheleicher, Hitler fue nombrado canciller, y von Papen ocupó la vicecancillería. Poco después, el nuevo canciller y su Partido Nacional-Socialista, lograron una convocatoria a elecciones generales, para marzo de 1933.
He aquí cómo, según palabras del propio Rocker, se prepararon los nazis para aquellos comicios: «Primero era necesario aprovechar el tiempo antes de las elecciones con todos los medios a su disposición y fortalecer las posiciones conquistadas. Hitler había entregado a Goering, el nuevo ministro del Reich, toda la policía prusiana, y este morfinómano, dominado por instintos sádicos, fue elegido como por el destino para su papel. La famosa ordenanza policial con que Goering inició su actividad en el cargo suscitó un ligero espanto, incluso en aquellos círculos a los que no se podía ciertamente acusar de marxismo. Goering exigió a sus funcionarios que hiciesen uso de las armas despiadadamente y prometió apoyar a todo el que en este concepto cumpliese con su deber, mientras que a todos los que quisieran conservar todavía un poco de humanidad, los amenazaba con el castigo más severo y la inmediata exoneración. Toda la ordenanza era una abierta excitación al asesinato, que testimoniaba la brutalidad sanguinaria de este incendiario rabioso, al que se había confiado la seguridad del país. Hay que imaginarse cómo tenían que resultar esas y otras excrecencias semejantes de una mente perturbada, en tiempos de la mayor tensión psíquica. En realidad, las elecciones de marzo de 1933 se efectuaron poco después del incendio del Reichstag, época del peor terror, calculado para el aplastamiento más brutal del adversario, y fue como un escarnio cuando Hindenburg, ante una demanda del partido católico del centro, aseguró que «el gobierno se preocupaba de que la libertad electoral fuese protegida de todas maneras». Mientras millares de personas fueron arrestadas en todo el Reich y la soldadesca parda de Hitler se dedicaba en todas partes a las violencias más indignantes, ejecutando cada noche nuevos asesinatos, demoliendo casas del pueblo y locales sindicales, penetrando en los domicilios de adversarios para «liquidarlos», el gobierno reprimía la más ligera protesta contra esas iniquidades, puso la radio exclusivamente al servicio de los reaccionarios y consintió con la mayor tranquilidad que se lanzase todo un diluvio de calumnias repulsivas contra los adversarios, sin que éstos tuvieran la menor ocasión de defenderse».


En realidad, fue el incendio del Reichstag, obra de un cerebro enfermo pero cónsono con la enfermedad de su época, el que dio el poder a los nazis. «Todo mal acaba por dar impulso en última instancia a un mal mayor: todo crimen a un crimen más grande —anota Rocker—. El incendio del Reichstag proporcionó a los nazis el poder sobre Alemania; pero condujo con lógica inflexible a un incendio mayor, que dejó en ruinas y en escombros a media humanidad». Era evidente que hombres como Rocker no solamente no tenían ya en Alemania ningún campo de acción, sino que desde entonces corrían grave peligro de ser arrestados, torturados y asesinados. Erich Mühsam, crítico y poeta anarquista, su gran amigo, fue detenido y enviado a un campo de concentración por haber demorado unas horas su partida.
Aconsejado por compañeros y allegados, Rocker emprende la huida y llega a cruzar la frontera suiza en el último tren no controlado por los guardias nazis. Después de pasar unos días en Basilea y en Zurich (donde se encuentra con el viejo pensador socialista Fritz Brupbacher), es huésped de Emma Goldman en Saint-Tropez durante algunas semanas.
Entra ilegalmente a Francia y al llegar a París, se esfuerza, a través de una serie de charlas y de contactos personales, por alertar a los compañeros del movimiento libertario y a las fuerzas socialistas y democráticas en general del grave peligro que para Europa y para el mundo entero supone la toma del poder por parte de los nazis en Alemania. Con excepción del economista holandés Cornelissen, son pocos, sin embargo, los que llegan a comprender entonces la gravedad de la situación.
De Francia pasa Rocker sin dificultad a Inglaterra. En Londres lo reciben con alegría y afecto los parientes de su mujer Milly, y una multitud de viejos amigos judíos, ingleses, y de otras nacionalidades. Después de permanecer allí algunos meses (y no sin antes haber realizado otro viaje a París para asistir a una conferencia de la AIT), se embarca el 27 de agosto en Southampton, rumbo a Nueva York, adonde llega el 2 de septiembre de 1933.
A los sesenta años, está aún lejos de renunciar a su actividad intelectual y a su militancia libertaria. Emprende una nueva gira de conferencias por Estados Unidos y Canadá. Reanuda viejos contactos, polemiza cuando es necesario con los bolcheviques, realiza un esfuerzo gigantesco por dar a conocer al público americano y en especial a los intelectuales liberales, que tienen una visión distorsionada e ingenua de la situación política europea, el aluvión de barbarie que el nacionalsocialismo triunfante amenaza con descargar sobre el mundo entero. La campaña de apoyo a las fuerzas antifascistas que luchan en la Guerra Civil Española contra la conspiración militar-clerical encabezada por Franco, llena largos meses de su nueva vida en América.
Por otra parte, ya en Towanda, ya en Nueva York, ya en Mohigan Colony, ya, finalmente, en California, no ceja en su prolífica labor literaria. Además de revisar su gran obra Nacionalismo y cultura (para la edición inglesa), escribe diversos libros, artículos y folletos, sobre la guerra civil española (The Tragedy of Spain, 1937; The Truth About Spain, 1936); sobre problemas del socialismo y del anarquismo (Anarcho-Syndicalism, 1938; La influencia de las ideas absolutistas en el socialismo, 1945, etc.) y sobre historia de las ideas libertarias (Fermín Salvochea, 1945; Pedro José Proudhon, 1935; Michael Bakunin and his Time, 1946; Pioneers of American Freedom, 1949; Der Leidensweg von Zensl Mühsam, 1949; Max Nettlau: El Herodoto de la Anarquía, 1950, etc.). También compone una extensa y jugosa autobiografía en tres tomos (La juventud de un rebelde, 1947; En la borrasca, 1949; Revolución y regresión, 1952).


Muere en Nueva York, el 10 de septiembre de 1958.


La teoría de la propiedad en Proudhon
y otros momentos del pensamiento anarquista
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Ediciones La Piqueta, 1980

Fuente
http://grupostirner.blogspot.com.es/2011/01/rudolf-rocker-el-socialismo-como-anti.html